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“María”, romance y tragedia 150 años después

Para alimentar la nostalgia de las lecturas adolescentes, les comparto los primeros capítulos de “María”  de Jorge Isaacs. 

I Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda la República por aquel tiempo. En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas. Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor contra la muerte delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia. A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María esperó humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor. Pocos momentos después seguía yo a mi padre, que ocultaba el rostro a mis miradas. Las pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos. El rumor del Zabaletas, cuyas vegas quedaban a nuestra derecha, se aminoraba por instantes. Dábamos ya la vuelta a una de las colinas de la vereda, en las que solían divisarse desde la casa viajeros deseados; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos: María estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre. I
I Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo valle. Mi corazón rebosaba de amor patrio. Era ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de la más perfumada mañana del verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos. Mis ojos se habían fijado con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos guaduales; en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En tales momentos no habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U… ¡Los perfumes que aspiraba eran tan gratos, comparados con el de los vestidos lujosos de ella, el canto de aquellas aves sin nombre tenía armonías tan dulces a mi corazón! Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído conservar en la memoria porque algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas. Cuando en un salón de baile, inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil mezclados, de susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con quien hemos soñado a los dieciocho años y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosotros, y sus flores dejan tras sí esencias desconocidas; entonces caemos en una postración celestial: nuestra voz es impotente, nuestros oídos no escuchan ya la suya, nuestras miradas no pueden seguirla. Pero cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el mundo creerá ideal. Así el cielo, los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca hacen enmudecer a quien los contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y cantadas: es necesario que vuelvan al alma, empalidecidas por la memoria infiel. Antes de ponerse el Sol, ya había yo visto blanquear sobre la sobre la falda de la montaña la casa de mis padres. Al acercarme a ella contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y naranjos, al través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las habitaciones. Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que me vio formar. Las herraduras de mi caballo chispearon sobre el empedrado del patio. Oí un grito indefinible; era la voz de mi madre: al estrecharme ella en los brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los ojos: era el supremo placer que conmovía a una naturaleza virgen. Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las hermanas que dejé niñas, María estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue su rostro el que se cubrió del más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros rozó con su talle; y sus ojos estaban humedecidos, aún al sonreír a mi primera expresión afectuosa, como los de un niño cuyo llanto ha acallado una caricia materna.

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Libros

Patria o muerte

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Un video que pondría de cabeza la leyenda de Hugo Chávez y lo acercaría al status cercano de los mortales comunes y corrientes, no puede salir a la luz. El doctor Sanabria es el personaje sensato de la historia y quien desempeña el papel gratuito de ser el que lo esconde entre los libros de su biblioteca.

Los manejos subterráneos de la enfermedad del Comandante y el secreto sobre su verdadero estado de salud, son la carne de esta novela que muestran a una Venezuela dominada por el miedo y la desconfianza, encarnada en personajes diversos y situaciones que ponen de presente la realidad de una crisis que toca a todos los venezolanos.

La zozobra alcanza tocar al lector aunque la, para mí, inverosímil historia de dos niños que se identifican como Mariposa y Vampiro y que encuentran en las redes sociales el vertedero por donde le dan salida a sus temores de adultos anticipados, me produjo un cambio de sintonía que bajó el nivel de tensión. En ellos, ellos, Alberto Barrera  conjuga la víctima inocente de la violencia que azota las calles de Caracas y la de la fuerza incendiaria  que se estimula desde el corazón del régimen.

Esta novela se desarrolla en los últimos meses de vida del comandante y es el eje central de una historia que me recuerda por momentos la “Santa Evita” de Tomás Eloy Martínez y el misterio sobre el paradero de su cadáver.

Libros

La luz que no puedes ver

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La leí despacio, con saboreo, sin ganas de llegar al final. Anthony Doerr, más que un escritor sorprendente, es un fino tejedor. Esta novela es una pieza de crochet en la que el sentido de desesperanza crece hacia una luz muy esquiva. Aún así, no me sentí animada abandonar en ningún momento porque la manera de contar de este premio Pulitzer no lo permite.

No es una novela de guerra, aunque la guerra está presente en cada instante de la vida de dos personajes que nos llevan a ver la perspectiva de las víctimas más inocentes de un conflicto inexplicable: Werner, un huérfano alemán que llega a la guerra gracias a sus dotes excepcionales en el manejo de los radios; Marie-Laure, una niña francesa, ciega que desarrolla sus sentidos de manera prodigiosa, gracias a la inteligencia y el amor de su padre; Saint-Malo, el lugar en donde sus destinos se cruzan.

Un piedra misteriosa que lleva la desgracia a donde va y un destino que no puede escapar a la fatalidad. “La luz que no puedes ver” es un edificio en construcción que  el arquitecto apuntala en cada capítulo con débiles vigas que nos ayudan a llegar con el interés vivo hasta el siguiente capítulo. Y así, hasta un final creíble y conmovedor.