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Naipaul y Coetzee, en la feria del libro

Por: Jorge Iván Parra 23 de abril 2017 , 12:07 a.m.
Bien sea por coincidencia o por una suerte de justicia poética, dos de los mejores escritores del mundo, ambos con premio Nobel entre pecho y espalda, llegan a la Filbo de este año. Es un feliz acontecimiento literario, tal vez irrepetible. ¿Qué tienen en común este par de titanes, aparte de su irrefragable calidad literaria? Se diría que poetizar el sino trágico de sus respectivas culturas; volver literatura lo que es carencia, dolor y pobreza. Ello en Sudáfrica, en el caso de J. M. Coetzee, y en Trinidad y la India, en el caso de V. S. Naipaul.
Testigo literario de Sudáfrica
Intentemos un retrato de Coetzee. Que dizque es huraño y aislado y no concede entrevistas: “No disfruto de estas entrevistas”.

Este genio nacido en Ciudad del Cabo, o, mejor dicho, en la cola del mundo en 1940, se dedica a producir obras en las que no cabe una desgracia más, y a enseñar literatura y lingüística.

Al leer su relato autobiográfico ‘Infancia’ (1997) nos damos cuenta de que no la tuvo fácil. Coetzee lo narra en tercera persona, quizá para dar apariencia de ficción o para ver su propia vida como testigo que escribe con objetividad. Se trata de un pequeño periodo entre los diez y los catorce años, vividos en Worsester y en Ciudad del Cabo.

De muy malas relaciones con su padre, quien era alcohólico y llevó una vida crapulosa tras haber sido militar, contador y abogado. Con su madre llevaba una relación calmada, basada en el control de los sentimientos y el miedo a la soledad:

“No le encuentra sentido al amor. Cuando los hombres y las mujeres se besan en las películas, y se escucha de fondo el sonido apagado y dulzón de los violines, él se revuelve en el asiento. Se promete que nunca será así: blandengue y tontarrón”.

Se educó en medio de la intolerancia racial, política y religiosa, en ciudades en las que los no católicos no tenían ninguna aceptación y donde separaban colegios para solo ingleses o solo afrikáneres, dos culturas que despreciaban la negritud. Era hipocondriaco y el más desaplicado del curso, que de cada cuatro clases asistía a una; pero sacaba siempre las mejores notas. En su libro ‘Verano’ (2009) se describe como un individuo insípido, frío (un “hombre de madera”), rústico en su trato con las mujeres; desaliñado y atolondrado.

En su más reciente novela, ‘Los días de Jesús en la escuela’ (2017), Coetzee sigue mostrando el atraso en las provincias sudafricanas y la precariedad, tanto de la educación como del orden jurídico, y, algo muy inquietante, la forma tan gratuita como alguien se puede convertir en asesino.


¿Y de Naipaul qué?
La vida y la obra de Vidiadhar Surajprasad Naipaul son una convergencia de culturas. ¿Es este escritor, que recita cualquier capítulo de ‘El lazarillo de Tormes’, caribeño, inglés o indio? Es caribeño porque nació en Trinidad en 1932. Inglés porque desde 1950 se radicó en Inglaterra y su obra se publica originalmente en inglés; pero mucho tiene también de indio, porque sus antecesores llegaron de la India para trabajar en las plantaciones de caña de Trinidad, y es indio, además, por su nombre, su tez y una cierta expresión melancólica que lo caracteriza. Dado que escribe sobre o desde estas tres culturas, Naipaul es el escritor de la multiculturalidad, para el que la experiencia cotidiana (teñida de sufrimiento) de un individuo cualquiera (por ejemplo, un “sanador místico”, o un hombre anodino como Mr. Biswas) da para escribir una novela. Son muchas las páginas en las que se puede apreciar una poetización y una especie de celebración de la pobreza, para lo cual el respectivo narrador cuida mucho los detalles, siempre con ese prurito del autor, de “no hermosear nada”.

En su obra más conocida, ‘Una casa para el señor Biswas’ (1999), Naipaul parece formularnos estos interrogantes:

¿Qué pasó con los inmigrantes indios en Trinidad después de la independencia de la India? ¿Qué significa nacer en el seno de una familia mitad india, mitad trinitense, en la que se habla hindi revuelto con inglés, y se practica un brahmanismo mezclado con catolicismo? ¿Qué significa compartir la vida con una familia descomunalmente numerosa, en la que ni se sabe quién es hijo, hermano, primo, sobrino o tío de quién, pero con la que se comparte una pobreza casi mística, casi elevada a la categoría de virtud?

Al pobre señor Biswas nunca se le ocurrió que no se casaba con una mujer sino con una familia entera, que para todo actuaba en gavilla; que una vez que se fijó en Shama, había caído en una trampa.

La más reciente publicación de Naipaul en nuestro idioma es ‘Una zona de oscuridad’ (2015), perfecto complemento de ‘India una civilización herida’ (1999). Se trata de un recorrido por Madrás, Delhi, Bombay y Cachemira, mostrando los alucinantes contrastes sociales motivados por las castas, y la desidia que impide cualquier forma de progreso en ese subcontinente en el que, con tal de tener motivo para pedir limosna, un padre puede dejar ciego a un hijo.

A Coetzee y a Naipaul, dos titanes de la literatura, ¡gracias por sus libros!, ¡gracias por estar en la FILBo!

JORGE IVÁN PARRA*
Especial para EL TIEMPO
* Crítico literario, autor del blog ‘De libros y autores’ de EL TIEMPO, y profesor de la maestría de Literatura de la Universidad Santo Tomás y de la U. Distrital.

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Finalmente Dylan va por su Nobel

Estocolmo 29 MAR 2017 – 07:49 COT

(tomado de : cultura.elpais.com)
Bob Dylan recibirá el Nobel en Estocolmo este fin de semana.
Bob Dylan recibirá el premio Nobel de Literatura este fin de semana en Estocolmo en un encuentro que mantendrá con la Academia sueca, ha informado este miércoles la secretaria permanente de la institución, Sara Danius. “La buena noticia es que la Academia y Dylan han decidido reunirse este fin de semana. La Academia le dará entonces a Dylan el diploma y la medalla del Nobel, y le felicitará por el premio”, ha escrito Danius en su blog. La secretaria ha precisado que el cantautor no pronunciará la conferencia de recepción obligada al recibir el galardón, aunque la Academia tiene “razones para creer” que enviará una versión grabada más adelante, algo que deberá hacer antes del 10 de junio para poder cobrar los 839.000 euros del premio.

“El encuentro será pequeño e íntimo, y no habrá medios de comunicación presentes; únicamente asistirán Dylan y los miembros de la Academia, de acuerdo con los deseos del cantautor”, continúa el comunicado de Danius. “Por favor, tengan en cuenta que no habrá lección del Nobel [como se conoce al tradicional discurso de recepción]. La Academia tiene razones para pensar que se enviará una versión grabada ulteriormente”, ha puntualizado.

Según las normas de los Nobel, el galardonado debe pronunciar una conferencia en los seis meses siguientes a la ceremonia de entrega de los premios para hacerse acreedor de este. La concesión del galardón se dio a conocer a principios de octubre, tras lo cual Dylan mantuvo un absoluto mutismo durante más de una semana, para luego comunicar a la Fundación Nobel que lo aceptaba, aunque explicó que tenía compromisos que le impedían ir a recogerlo. No asistió a la ceremonia de entrega, aunque sí envió un discurso que leyó su compatriota Patti Smith, quien además cantó uno de sus temas.

El cantautor, de 75 años, ofrecerá dos conciertos en Estocolmo el 1 y el 2 de abril. La secretaria permanente de la Academia sueca no ha indicado si el encuentro con Dylan se producirá antes o después de los conciertos.

Personajes

Stephen King nos cuenta varias anécdotas y recuerdos valiosos

Stephen King no es solo  pionero de la novela de terror contemporánea ( sin góticos castillos encantados ) sino que tiene la escasa virtud de no darse importancia, de tomar su maravillosa imaginación como algo natural. Esta entrevista que publica Daniel Auster en su blog: danielauster.blogspot.com.co, me gusta muchísimo, espero que la disfruten.

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American author Stephen King poses for photographers on November 13, 2013 in Paris, before a book signing event dedicated to the release of his new book "Doctor Sleep", the sequel to his 1977 novel "The Shining". The best-selling author has written over 50 novels and sold 350 million copies worldwide. AFP PHOTO / KENZO TRIBOUILLARD (Photo credit should read KENZO TRIBOUILLARD/AFP/Getty Images)

Photo credit should read KENZO TRIBOUILLARD/AFP/Getty Images)

Era un chaval y ya se sacaba unos dólares vendiendo historias de miedo. Y aún sigue. Su éxito arrasa librerías, cines, televisiones… y también Internet, donde su libro Riding The Bullet es el pionero de los best sellers cibernéticos. Una exclusiva con el gurú del terror por antonomasia.

Es tal vez el primero de la lista dentro del exclusivo club de Los Escritores del Millón de Dólares. Ante las constantes censuras que recibía por parte de los diversos críticos literarios, King les respondió: «Soy a la literatura lo que McDonald’s a la gastronomía.»

Pero, sin duda alguna, nadie puede negarle un lugar entre los escritores de best sellers más prolíficos. Escribe seis horas diarias todos los días, menos los de Navidad, 4 de Julio y el día de su cumpleaños. Asegura que no le gustan mucho las entrevistas en general, y menos aquellas en las que debe hablar de su vida privada, pero también sabe que es parte de su trabajo.

Nacido hace medio siglo en Portland, su gran altura y sus gafas de gruesos cristales hicieron de él una persona retraída y muy tímida. El escritor de más éxito en Estados Unidos se define como un “hombre sencillamente norteamericano”, al que le gusta el rock&roll, el equipo de béisbol de los Red Sox, el tenis y el tabaco, algo que está intentando abandonar. En 1976, King tuvo su primer gran éxito, al estrenarse la adaptación cinematográfica de su novela Carrie, dirigida por Brian de Palma. Después seguirían El misterio de Salem’s Lot, El resplandor, La danza de la muerte, La zona muerta, Ojos de fuego, Cujo, Christine… y un larguísimo etcétera.

Un gravísimo accidente sufrido el año pasado, cuando caminaba por la carretera, le llevó al borde de una muerte que él siempre ha sabido narrar y retratar. Ahora intenta recuperar la movilidad perdida. La edición de su último libro, Riding The Bullet, en Internet, y que se puede leer en el tótem de los nuevos tiempos tras pagar unos cuatro dólares, le ha llevado a las primeras páginas de los medios de comunicación.

–Han pasado veinticinco años desde que escribiste Carrie, ¿qué significado tuvo para ti ese primer éxito?

–El poder pagar la calefacción durante los dieciséis meses siguientes. Esto, en el sentido económico; y en el sentido particular de mi vida, Carrie me puso al borde del infarto mientras mi editor no hacía más que llamarme para preguntarme insistentemente: «¿Y la próxima? ¿Para cuando la próxima?» Al fin descubrí que Carrie, el personaje, se había vengado de mí a su manera, me había puesto en la lista de best sellers de todo el país, lo que me obligaba a tener que escribir una nueva y buena novela de terror. A partir de entonces, siempre que tengo un éxito yo lo llamo la maldición de Carrie, mientras que si no lo tengo, me digo: «Carrie se ha olvidado de mí esta vez, menos mal.»

–Pero eso lo puedes decir gracias a los millones de dólares que ganas con las que tienen éxito.

–Claro. El detestar el dinero es una muestra de que lo tienes. Si no lo tuvieras, no podrías detestarlo (risas). Entiéndeme. Para mí, tener dinero supone poder escribir sin temor al recibo del alquiler o de la luz. El dinero, hasta una cantidad, es útil, pero cuando pasas de esa cantidad, lo es para Hacienda y lo deja de ser para ti.

–Dime cómo se te ocurren esas historias de terror que ponen los pelos de punta.

–Me surgen de repente, mientras hablo contigo o en cualquier situación. Yo nunca me pongo a pensar en qué historia debo escribir, o cuál debe ser el escenario, o cómo han de ser los personajes de esa historia. Únicamente surgen en mi cabeza, con nombres incluidos, y yo sólo los paso al papel. Sé que puede sonar algo misterioso y que podría ponerle como título El hombre cuya cabeza era invadida por el terror. Te contaré una anécdota. Un día viajaba de New York a Londres a presentar una novela. Volábamos sobre el Atlántico en uno de esos puntos llamados en aviación de no retorno, en los que el avión sólo puede ir hacia delante y no regresar. Bueno, ahí va mi historia. Estaba intentando dormir cuando le pedí a una bellísima azafata que me diera una almohada. Cuando abrió el pequeño maletero que había sobre mí, pensé: «¿Qué pasaría si en este momento saliese una enorme rata y le mordiese la cara a la azafata y le comiese la nariz?, mientras un hombre de primera clase intenta hacerse con una bolsa para vomitar ante tal escena, y al abrir otro armario comienzan a saltar enormes ratas que atacan a los pasajeros e invaden el salón.» El título de la novela podría ser Las ratas del vuelo 1708. Nunca la escribí, pero como ves era una historia surgida de repente en mi cabeza, sin intentarlo. Así es como escribo.

–Algunos dirán que eres un poco raro…

–Sí, me lo decían en el colegio, pero entonces era pobre. Ahora que soy rico nadie se atreve a decírmelo. (El escritor, con cara de niño travieso y tras sus enormes gafas de miope, lanza una extraña y enigmática sonrisa después de su afirmación). Yo era el que en los campamentos siempre contaba la historia más terrorífica. Mis compañeros del colegio y mis profesores les decían a mis padres que era un poco raro y que si no me mandaban a un psicólogo podía terminar en un manicomio. En parte tenían razón, puesto que terminé escribiendo best sellers y tratando con editores, que es lo más parecido a un mundo de locos, un auténtico psiquiátrico.

–¿No has pensado en escribir novelas que traten de otros temas?

–No, nunca. El terror, si lo piensas bien, es algo que llevamos con nosotros, en el interior, como pueden ser el amor, el odio o cualquier otro sentimiento universal. Sólo tenemos que sacarlo fuera. Hay gente que se dedica a matar o a descuartizar a su prójimo, mientras que yo prefiero estamparlo en el papel, en una página en blanco. En ocasiones he intentado escribir una novela policíaca, pero lo que me ocurre es que de repente aparece en mi historia un zombi o un cadáver que habla… Entonces, la historia policial se va al traste y desemboca irremediablemente en un asunto de terror (risas). Tiene vida propia.

–¿Dejas que tus hijos lean tus historias?

–Por supuesto, ellos son mis mayores fans. Te contaré otra anécdota.

–¿De terror también?

Esta vez no. Un día, viajando en coche, mi hijo mayor me propuso que le contase una historia para saber si era capaz de provocarle terror. Le respondí que no me era posible, así que dejé pasar muchos kilómetros hasta que empecé a contarle que él era hijo de un plantador de maíz. Su familia había sido asesinada y él había sido el único superviviente. Le aseguré que el Departamento de Protección al Menor del Estado de Oregón nos lo había concedido en adopción. Vi su cara de pánico mientras iba relatándole con todo lujo de detalles su corta vida y las cosas extrañas que nos habían ocurrido a toda la familia desde su llegada. Muertes inexplicables, enfermedades de familiares que de repente se curaban cuando él lo quería… Al final, y después de decirle que era tan sólo una historia de terror, corrió a casa a buscar su certificado de nacimiento. Creo que se quedó más tranquilo cuando descubrió que había nacido en Portland y que era hijo nuestro. De aquella historia que le conté a mi hijo surgió después Los chicos del maíz.

–Tú tienes un gran sentido del humor, pero, ¿cómo puedes reírte tanto con las historias de terror que escribes?

–Es sencillo. Tal vez sea una forma de evacuar la tensión que genero con mis relatos de terror. Pero no hagas caso de los que se ríen demasiado ya que la mayoría de las veces están medio locos. La risa, en la mayor parte de los casos, esconde terror, locura, pánico, odio.

–¿Eres capaz de contarme una historia de terror provocado por la risa?

Tal vez, veamos. (El escritor comienza a ponerse pensativo mientras no deja de mirarme). Ya lo tengo. Había una vez un niño llamado Paul. Él se mostraba autista en algunos momentos del día, pero sobre todo al despuntar el ocaso. Era el único momento en el que Paul abandonaba su mundo interior y surgía dentro de él una extraña risa. A esas horas era fácil verlo debajo del hueco de la escalera que atravesaba la construcción victoriana como una gran colina de madera. Su hermana Helen, unos años mayor que Paul, se había quedado al cargo de su hermano tras un inesperado viaje de sus padres y de sus abuelos. Un día al llegar a casa vio a Paul riéndose y mirando a través de sus pequeños ojos negros el oscuro y profundo hueco de la escalera. Helen preguntó a su hermano: «¿Qué miras ahí, bajo la escalera?» Paul se volvió a mirarla con una sonrisa maligna entre sus labios y dirigiéndose a Helen le dijo: «Es divertido, ven y verás qué hay debajo de la escalera.» Helen se acercó inquieta y descubrió el terror bajo la escalera.

–Vaya con la historia. ¿Qué había bajo la escalera?

–Lo que tú quieras. El terror tiene muchas facetas. Yo sólo te he contado una historia generada por la risa, como me pediste. ¿Qué crees que podía haber debajo de la escalera?

–No sé, tal vez los cadáveres de sus padres y sus abuelos.

–¿Te das cuenta de que tú también tienes el terror dentro?

–Muchos lectores te critican que normalmente los finales de tus historias no son demasiado claros. Por ejemplo en El Resplandor.

–Pero eso es tan sólo un truco para que mis lectores desarrollen su imaginación, el terror que cada uno lleva dentro. Si yo escribiese el final tal y como lo pienso, mis libros no tendrían tanta originalidad como tienen. Es lo mismo que ha ocurrido cuando te he contado la historia de Paul y la escalera.

–¿Intuías que algún día ibas a cobrar tantos millones de dólares por tus novelas?

–Sí, creo que sí. Piensa que yo nunca he pedido dinero a mis padres para comprarme caramelos. Lo que hacía era escribir cuentos pequeños y cortos y venderlos por diez dólares a revistas como Fantastic, Fantasy o Science Fiction. Creo que por entonces tenía once o doce años.

–¿Qué escritor es el que más te ha influido a la hora de contar cuentos de terror?

–Tal vez Edgar Allan Poe, Lovecraft y, por supuesto, Richard Matheson, que es quien me enseñó que para escribir una historia de terror no era necesario situarla en un castillo medieval en ruinas o en un sótano. Matheson me mostró que el terror puede aparecer en cualquier lugar, en un simple supermercado, en tu propia calle, en tu propio edificio. Ése es el verdadero terror.

–Vender más de 200 millones de libros debe causar un gran impacto.

–Sin duda alguna, pero en especial en la cuenta corriente (risas). Hablando en serio, sí que lo causa, pero eso me ha permitido utilizar parte del dinero en obras benéficas. He organizado campañas para hacer llegar alimentos a Ruanda, Haití, Burundi o Somalia. También en EE.UU. he donado una gran cantidad de dinero para la construcción de un ala infantil en el Hospital Oncológico St. John. Creo que si son los lectores quienes me hacen ganar tantísimo dinero, a ellos no les importará que gaste parte de ese dinero en acciones buenas y necesarias.

–¿Crees que en el mundo en el que vivimos hay bastante terror?

–Claro que sí. Y si tú no piensas igual, sólo tienes que abrir un periódico, leer las masacres en países de África, o en Asia o en Kosovo. Eso sí que es terror. Lee lo que está pasando en África, Colombia, Asia. Eso sí que es terror de verdad.

–¿Serías capaz de contarme una historia corta de terror sobre un periodista?

–Déjame pensarlo. Sí, sí que podría contártela, pero para que te la contase deberías pagarme mucho dinero y mi editor se enfadaría conmigo.

–Volviendo a tus adaptaciones al cine, ¿podrías decirme cuál de tus novelas ha sido maldita para adaptarla al cine?

Alumno aventajado. Hace catorce años intenté que se llevase al cine. Se firmaron los contratos con una productora, el papel protagonista debía hacerlo o Richard Burton o James Mason, pero ambos murieron antes de empezar a rodar. Hace diez años, Nick Williamson y Ricky Schroeder comenzaron a rodar la historia, dirigidos por Alan Bridges, pero días después tuvieron que dejarlo por falta de presupuesto. En 1997, se volvió a trabajar en la adaptación para sacarla adelante y los protagonistas fueron Ian McKellan y Brad Renfro. Espero que no vuelva a suceder nada. De cualquier forma, durante el rodaje McKellan sufrió un pequeño infarto y eso me hizo pensar que tal vez la historia estuviese maldita.

–¿Cuál es el peor consejo, profesional o personal, que te han dado?

–Una persona cuya identidad no voy a revelar me dijo: «No escuches nunca a los críticos.» Creo que hay que escucharles porque a veces te muestran algo que para ti está muy claro pero que para los lectores no lo está. Creo que no escuchar a los críticos, o a los lectores, es como meter la cabeza bajo el suelo, como hacen los avestruces, para no escuchar cosas desagradables. Pero si sacas la cabeza de la arena podrás escuchar cosas interesantes y que te pueden servir para acabar con algún defecto que tengas al escribir.

–¿Recuerdas de qué se trataba la primera historia que escribiste?

–Sí, aún la tengo guardada. Tenía siete años y la escribí mientras estaba en la cama, enfermo. Me pasé todo un año convaleciente. La historia se trataba de un dinosaurio que se zampaba todo lo que tenía a su paso. Los coches, las casas, la gente. Se comía los bosques, las calles, los semáforos, hasta que un niño descubre que el dinosaurio es alérgico al cuero, así que con su pandilla organiza la resistencia y empiezan a lanzarle zapatos, botas, chaquetas de cuero, hasta que el dinosaurio va haciéndose pequeño y desaparece.

–¿La has publicado?

–Algunas editoriales me han propuesto publicarla con imágenes ilustradas para niños, pero prefiero seguir guardando esta historia en mi cajón privado.

–¿Cuáles son tus hobbies?

–Navegar en mi velero, comer langosta y restaurar coches antiguos.

–¿Quieres decir algo más?
–Nada. Ya he dicho demasiado. Ahora sabes tú más de mí que yo mismo.

Eric Frattini

Entrevista publicada en la revista MAN (Nº 153), julio de 2000

Personajes

Con los sentimientos atravesados

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Por cuenta del Nobel para Bob Dylan, tengo los sentimientos atravesados como Chavela Rosales. Aunque la música es una de mis grandes pasiones, Bob Dylan no existía para mí: no sé por qué pero apenas si me sonaba su nombre; ni hablar de sus canciones o su voz. Así que me ha tocado oírlo con
atención y leer su letras con detenimiento, en busca del secreto. Con algunos versos conecto, con otros no tanto.

Pienso en Murakami, por ejemplo, quien ha hecho la cola en silencio para recibir un Nobel más que merecido porque los escritores que rompen las reglas, que inventan nuevas y maravillosas formas de narrar, que se salen del renglón como él, tienen que ser reconocidos. Y que tiene a muchos preguntándose qué está pasando.

Quizá lo que está pasando es una transformación refrescante que me gusta, una nueva visión que no limita las manifestaciones artísticas sino que amplía sus fronteras y, de algún modo, siento que en este caso se ha premiado la fuente, el alma, el desasosiego, la rebeldía de toda un época que abrió la puerta a la libre expresión y que no puede morir, se ha premiado un símbolo.

Y este Bob Dylan ha resultado tan desconcertante, tan representante de una generación que se acostumbró a poner en tela de juicio los paradigmas de la sociedad contemporánea, que se ha dado el lujo de tomarse siete días para darse por enterado de que las Academia sueca, los periodistas, los amigos que quieren salir en la foto a su lado lo andan buscando para contarle que a su Óscar y a sus Grammies se le ha sumado ahora un Nóbel que tiene que salir a justificar ante los miles de escépticos.

Personajes

Rosa Montero, esta entrevista la pinta muy a mi gusto: auténtica y rebelde

http://www.eltiempo.com/entretenimiento/musica-y-libros/la-periodista-y-escritora-espanola-rosa-montero-habla-de-sus-45-anos-de-carrera/16666827

 ‘Conocí la dictadura pero fui ‘hippie’, tomé la píldora y fumé porros’

la carne

La periodista y escritora española Rosa Montero habla de sus 45 años de carrera en las letras.

Por: PAULA ESCOBAR CHAVARRÍA – EL MERCURIO | 12:14 p.m. | 7 de agosto de 2016

La fama “no eres tú”, sino “lo que cada uno proyecta en ti, que es lo que le da la gana”, dice la escritora y periodista, aquí en su apartamento de Madrid.

Sus perros juegan en su apartamento, frente al madrileño parque del Retiro, mientras Rosa Montero prepara café y organiza el día. Luz natural y libros en un cierto desorden cálido enmarcan su conversación y su voz enfática, seria pero no exenta de humor, al examinar sus 45 años de periodista y escritora.

El balance de su premiada vida profesional, con 15 novelas traducidas a más de 20 idiomas, surge a medida que el mediodía cede y las nubes rompen la postal verde que se aprecia desde su hogar-estudio-refugio.

Está feliz con ‘el cepillado’ de su nuevo libro, ‘La carne’, que saldrá el mes próximo. El último, El peso del corazón (2015), la llevó a la ciencia ficción. Pero esta es una novela contemporánea, breve. La protagonista es una comisaria de exposiciones de 60 años. “Una novela como tragicómica”, resume ella.

¿Su carrera ha sido diferente de lo que imaginó?

Por temperamento y generación, he sido muy de vivir el momento. Jamás he dicho: “de mayor quiero hacer esto”, no he querido pensar. Lo que quería era vivir lo más plena e intensamente posible cada momento, y lo sigo pensando.

¿Tenía inseguridades?

Sigo siendo muy insegura, aunque vas aprendiendo con la experiencia que de tus terrores sales adelante. Eso ayuda. Pero el primer golpe de inseguridad lo sigo sintiendo igual ahora que a los 20 años.

¿Igual?

Claro, lo que pasa es que lo racionalizas y dices: “Rosita, te ha pasado 60 veces y has salido adelante”. En un libro lo cuento: se ha hecho un estudio en Dinamarca sobre la relación entre un gen mutante y la creatividad. Creo que el 15 por ciento de la población europea tiene dos copias de ese gen; el 30, solo una, y el 50 por ciento, ninguna. Se ha demostrado que la gente que no tiene el gen es la menos creativa. Y los que tienen dos copias son los creativos. Y que esto va unido a una mayor tendencia a problemas psicológicos, falta de memoria y, lo más gracioso, una hipersensibilidad a las críticas y una mayor inseguridad. Es precioso, porque es como la radiografía del artista. Entonces, yo estoy convencida de que tengo los dos pares de genes (se ríe). Muchas veces pienso que la vanagloria y la soberbia que muestran algunos escritores es un arma defensiva para ocultar un agujero de inseguridades.

Desde 1976 escribe en ‘El País’, diario emblemático de la transición española. ¿Cómo fue vivir eso?

Tengo una suerte increíble. Primero, porque aunque nací en el franquismo, Franco murió cuando yo tenía 24 años, desde los 15 cogí los últimos años del franquismo, que ya se estaba deshaciendo. Empezaba a haber dos países, el oficial –que seguía siendo brutal; de hecho, el régimen murió matando– y el real, que era clandestino, pero permitía muchas cosas. Por ejemplo, la píldora estaba prohibida, pero como estaba permitida por razones médicas, había doctores que te las daban. Había libros prohibidos, pero en la trastienda de las librerías te los daban. Había un país real que era muchísimo más abierto y en el que se podía vivir.

Yo ya cogí esa apertura. Entonces fui ‘hippie’, tomé la píldora, fumé porros e hice todo lo que hicieron otros chavales de mi época en Europa. O sea que me dio tiempo para vivir una cierta normalidad, aunque conocí lo que es una dictadura, y el embrutecimiento y el horror que es. Después viví la transición, con 24 o 25 años, y además siendo periodista y reportera de calle, que es una cosa maravillosa porque te permite vivir en primera línea los acontecimientos.

¿Qué sentía al cubrir la transición?

Lo primero es un miedo espantoso. Y con razón, porque había muertes, de todo. Pero al mismo tiempo teníamos la sensación de que estábamos cambiando la historia, y que con el trabajo periodístico estábamos contribuyendo a cambiar la historia, y era verdad. Después de eso tuve la suerte en 1989 –yo tenía 38 años, que es cuando uno se empieza a asentar sobre sus ideas y a dejar de evolucionar– de vivir la caída del Muro de Berlín. ¡Y se cae todo! Se caen las paredes del mundo y hay que comenzar a inventárselas otra vez. Otro dato es que tuve la suerte de ser joven antes del sida. La verdad es que he tenido la suerte de vivir en un mundo intenso, movedizo… Fascinante. Ahora mismo hay un mundo terrible, con unas perspectivas espantosas en todos los sentidos, pero también muy interesante. Estoy muy satisfecha con la historia que me tocó vivir.

¿Cómo fue vivir La Movida?

La Movida está sobredimensionada. Era un grupo pequeñísimo y no importaba tanto. Lo que había era una movida general, no la de ese grupito, que era una tribu dentro de un movimiento social tremendo. Lo que pasa es que en ella se hizo muy famoso Pedro Almodóvar, que la volvió más famosa que a las otras tribus.

¿Y cómo fue entrevistar a tantos líderes mundiales?

He sido muy poco mitómana. Será porque empecé a entrevistar a la gente famosa desde los 19 años. En general, salvo excepciones, la gente más interesante que he conocido en mi vida es gente normal. Luego me ha pasado que, con 26 años, de repente me hice famosa yo misma.

¿Cómo fue eso?

Bueno, yo ya era conocida cuando me llamaron de ‘El País’, que había salido en 1976 con un éxito brutal, porque era el espejo de la nueva sociedad. Y el éxito enorme del diario nos catapultó a la fama a una serie de periodistas jóvenes que trabajábamos ahí. Algo espeluznante.

¿Por qué?

Porque de repente todo el mundo, incluso tus amigos más íntimos, y con la mejor intención, solo te hablaban de lo que tienes que hacer para mantenerte… De repente recibías unas olas de amores brutales, todo el mundo te quería de una manera tremenda, pero no sabías a quién querían, porque querían a alguien que no eras tú. O sea, cada uno se ha inventado a una Rosa Montero. Eso pasa con la fama: no eres tú, cada uno proyecta en ti lo que le da la gana. Y te lanzaban un amor tremendo que tú, claro, es humano, no querías defraudar. Pero cómo no hacerlo, si no sabías a quién querían, y cada uno quería a una Rosa Montero distinta. Era superangustioso y esquizofrénico.

¿Qué venía luego del amor?

A los pocos meses empezó a llegar una ola de odio igual de violenta. Unos te aman locamente, y no lo mereces porque es su historia, y otros te odian locamente, y tampoco lo mereces porque es su historia. Estaba angustiadísima. Escribí mi primera novela y la publiqué, y tuvo mucho éxito, pero mi mayor éxito era como periodista.

¿Qué hizo con esa angustia?

Coger el trabajo de directora del suplemento dominical. Dije: “Dejo de firmar, y así la gente se olvida de mí”. Quería eso, honestamente. Afortunadamente, no se olvidaron (ríe). Porque desde luego es mucho mejor que no se olviden.

Ese odio desestabiliza, ¿no?

Claro, como desestabiliza también el amor loco. Porque no sabes qué eres para ellos, qué están queriendo decir ni cuántas personas eres.

¿Huyó otra vez?

Pedí seis meses sin sueldo y me marché a Londres. Escribía mi segunda novela. Estuve como dos años fuera de circulación, pero no me olvidaron.

¿Después se adaptó?

Lo que pasó es que te vas haciendo tu lugar interior, relativizas ese eco enloquecedor. Lo vas entendiendo y ya puedes sobrevivir.

Usted fue una mujer pionera en cargos de poder. ¿Se endureció un poco?

¡No! Ya te he dicho por qué cogí el poder, pero siempre lo he detestado. Además, hay que saber ejercerlo. Yo tengo amigas que lo hacen de maravillas, y las envidio. Yo no sé. Lo llevo muy mal, no me gusta nada. Soy una persona que ha sido siempre ‘freelance’ y que escribe desde los 5 años. Eso te lleva a que te guste trabajar sola.

¿Se le da mal el poder?

Lo del poder se me da fatal. Me obliga a destinar una energía brutal a cambio de unos resultados muy bajos. La única vez que lo he hecho me marché al año y medio. Tuve bastantes problemas. Fue duro. Creo que salió adelante, pero con un esfuerzo horrible. Bueno, dimití y a los dos meses me estaba operando de un quiste en un ovario, que estoy segura de que me lo hice en el trabajo. Fue de los tiempos laborales más amargos que he tenido.

¿Pensó la literatura como paralela al periodismo?

No, no. Siempre he tenido clarísimo, y lo recomiendo, que no se debe aspirar jamás a vivir de la narrativa. Primero, no se puede, pero sobre todo no se debe.

¿Por qué?

Porque la narrativa debe ser un ámbito de libertad. Ya es muy difícil mantenerse libre de las presiones del mercado, internas, de los amigos… Mi madre, que tiene 95 años, me llama y me dice: “Hija, que has bajado al séptimo puesto de la lista de los más vendidos…”.

¿Y qué le dice?

“Mamá, ¿tú también?” (se ríe). La pobre ya ha aprendido. Entonces, si vives de la narrativa, si con ella debes pagar la hipoteca y la comida, pues no vas a ser tan libre como podrías.

Ahora estoy intentando bajar el tiempo de ejecución de una novela, porque soy mayor y quiero escribir muchos libros. Pero hasta ahora he tardado como tres años en escribir un libro. Y estoy intentando bajar a dos. Pero si necesitas el dinero del adelanto, pues a lo mejor das un libro fatal, sin terminar, de un año de trabajo nada más.

He conocido muchos escritores con talento que se hundieron por dejar sus trabajos secundarios e intentar vivir de la literatura. Eso lo tuve siempre claro y ahora mismo sigo trabajando como periodista. Mis ingresos vienen del periodismo.

¿Qué ámbito es más hostil para las recién llegadas: el periodismo o la literatura?

El mundo literario. El ‘mandarinato’ cultural sigue siendo muy sexista. Yo, por ejemplo, he pagado el precio de ser un poco pionera en ese mundo. Además era periodista de éxito, muy joven, que de repente hace novela, tiene éxito, y entonces no te lo perdonan. Ahora, después de tantos años, se ha modificado eso, pero aún siguen teniéndonos en un segundo plano.

Pertenezco a la asociación de agitación cultural Clásicas y Modernas, compuesta por mujeres de diversas disciplinas que hacen investigaciones espectaculares. Por ejemplo, hace dos años estudiaron los cuatro suplementos literarios que hay en España y encontraron una inmensa mayoría de críticos masculinos y poquísimas femeninas. Además, hay muchas más críticas a libros de hombres. Ni siquiera respetan sus propias listas de superventas: en ellas, el 38 por ciento son libros de mujeres; sin embargo, ni siquiera hacen las críticas de esos libros. Es increíble. Ridículo, de vergüenza. Hay un sexismo gravísimo en la cultura.

Nora Ephron decía que a las mujeres lo que no se les perdona no es que trabajen, sino que tengan éxito.

Muy bueno. Brillante. Y es así. Porque sienten que les están haciendo sombra.

¿Ha recibido alguna crítica demoledora?

No leo críticas por sanidad. Aprendes a apartar tu vida. Pero sí, esa cosa condescendiente y paternalista… (cuenta que le hicieron un reportaje en ‘Le Nouvel Observateur’ junto con otras dos escritoras, y el título fue ‘Las abuelas de la ciencia ficción’. Se ríe a gritos). ¡Jamás lo hubieran hecho con hombres! Es impresionante ese machismo residual que la gente no nota. Es alucinante. Y eso que estoy feliz con el reportaje.

Su opinión sobre el futuro del periodismo

“Creo que el periodismo es absolutamente necesario para una sociedad moderna –subraya Rosa Montero–. Así lo demuestran WikiLeaks o los papeles de Panamá, porque sin unos periodistas profesionales detrás sería un material incomprensible. Ahora, el problema es el cambio de modelo de mercado, porque me da igual que el soporte sea papel; aunque esto lo extrañaré, es lo de menos. Lo importante es ver cómo las empresas se las apañan para ganar dinero con las nuevas tecnologías. Llegará un momento en que lo conseguirán porque la sociedad necesita los medios y periodistas profesionales. Evidentemente, la sociedad se las arreglará para pagar a fin de que exista eso. Mientras tanto, estamos en la travesía en el desierto”.

PAULA ESCOBAR CHAVARRÍA
El Mercurio (Chile)
Madrid.

Personajes

Odiaba los lugares comunes, los chistes fáciles y los juegos de palabras.

 

ENCUENTROS CON HETERODOXOS

susan sontag¿Por qué había que estudiar para ver a Susan Sontag?

http://elpais.com/tag/fecha/20160818

Curiosa hasta la extenuación, la escritora odiaba los lugares comunes y no perdió ni un segundo de su vida

JUAN CRUZ

18 AGO 2016 – 00:00 CEST

 

Susan Sontag, en su última visita a Madrid en 2003. GORKA LEJARCEGI

Para encontrarse con Susan Sontag había que estudiar muy bien a Susan Sontag. Odiaba los lugares comunes, los chistes fáciles y los juegos de palabras. No te dejaba suponer ni irte por las ramas. Estaba atenta como un águila. Cuando te desviabas de su libro de estilo de entrevistada te miraba como si te mordiera la mano.

 

Cuando llegó a Madrid, en la primavera de 1978, ya tenía el mechón blanco. Sus ropas holgadas, sus pantalones, sus zapatones, el color negro, el violeta. Interrumpía las preguntas si éstas se desviaban o apuntaban a generalidades. ¿En qué contexto escribe usted este libro de ensayos? “Yo no escribo mis libros en un contexto: los escribo en mi habitación”.

Era muy difícil arrancarle una sonrisa. Su carcajada acababa pronto, como si el ánimo hubiera que administrarlo. Esa vez vino al estreno español de la película Morir en Madrid que produjo Nicole Stéphane, la actriz y cineasta francesa con la que tuvo una larga relación sentimental. Recién enterrado el franquismo, ella pensaba que la Gran Vía se iba a cerrar para ese estreno. “Mis amigos en Nueva York creían que venía al final simbólico de la Guerra Civil”. Pero ya España pensaba en otra cosa. “Cuando yo llegué a Madrid me di cuenta de que el estreno de la película no resultaba tan histórico ni tan simbólico”.

Ya había pasado lo peor de su enfermedad, un cáncer. Ese mal causó estragos en su cuerpo y le dio velocidad a su vida. Ni un minuto sin actividad, una curiosidad abrasadora. Como si se comiera el tiempo.

La enfermedad y sus metáforas fue su libro sobre esa lucha decisiva contra el mal. De ahí quedó, como una bandera, ese mechón blanco. Quería estar a la vez en el Prado y en Lucio, y en las ventas de la calle, en la Feria del Libro, despierta a todas horas, se llamaba Susan Energía. La vida tenía que ser un ruido. En Cartagena de Indias, muchos años más tarde, convertía hasta la piscina en un ring de sus luchas. ¿Estar quieta en el borde? Qué va. Nadar, nadar, nadar hasta el olvido. En aquella atmósfera de humedad al 90%, al atardecer gris del Caribe, ella entraba y salía del agua oscura, vestida de negro. Chorreando como si sudara. Ahí mismo, en Cartagena, sintió que tenía que desafiar la atmósfera, y cruzó calles en busca de exposiciones o fetiches, sudando su maratón humano, huyendo del silencio de los sitios. En la cena que le dieron sus anfitriones sintió que la herían con su desconocimiento… de Susan Sontag. Y estuvo sin hablar hasta después de la sobremesa, como una niña ofendida. Al día siguiente le dijeron, yéndose ya del Caribe: Quizá debió ser usted más conmiserativa. “¿Me porté mal? ¿No tuve una actitud adecuada?” Nunca antes, ni después, vi sollozar a Susan Sontag. Pero ese día lloró, arrepentida de ser la niña que tenía por dentro.

Quiso conocer a José Saramago, ver en Lanzarote (donde pudo haber transcurrido su El amante del volcán, que sucedió en Nápoles) la geografía de César Manrique. Saramago era una obsesión, su escritura escueta, hecha con fuego, tan terrenal. Estaba exultante, una joven Susan entre aquellos volcanes. El distribuidor de sus libros en la isla preguntó “por qué Susan Sontag va a este hotel en concreto”. De todo lo que escuchó ella entendió la palabra “hotel”. Y preguntó:

—¿Ha dicho que quizá este no es el hotel que me merezco?

Le gustaba deletrear nuestra lengua, sus nombres propios (Juan Goytisolo, Federico García Lorca, Carlos Fuentes, Pedro Almodóvar, Vicente Molina-Foix), pero no dominaba el idioma. A la vuelta de aquel viaje a la geografía de Saramago (y de Manrique) un amigo al que ella admiraba le dijo: “¿Y qué se te ha perdido en Lanzarote?” Ella miró a su editor, que la había llevado de viaje, y le preguntó:

—¡Eso! ¡¿Por qué me has llevado a Lanzarote?!

Susan quería una cosa y la contraria a la vez; vivía pendiente del mundo entero, de las noticias, como si fueran volcanes o metáforas. Y de sí misma, claro. Un escritor había enviado a EL PAÍS un artículo sobre El amante del volcán. “Y mira, Susan, han preferido dar otro. He roto el mío, naturalmente”. Su mirada bramó, como si el restaurante se hubiera prendido del fuego de sus ojos y éstos incendiaran al culpable.

En momentos pacíficos amaba los mariscos, la comida japonesa, los restaurantes que ya conocía, los nombres propios, la cultura, las referencias. Llegó a Madrid (para firmar libros, El amante del volcán) y casualmente fue a su caseta la Reina de España de entonces (1995). El libro pasaba en Nápoles y ella y Doña Sofía departieron como coetáneas que hubieran nacido en el mismo sitio. Luego EL PAÍS la sacó en la portada. Cuando se presentó la novela, unos días más tarde, la gente no cabía en el Círculo de Bellas Artes. Ella estaba al lado de Saramago, de Goytisolo, de Molina-Foix, y era feliz, sonreía. Ahora, por decirlo así, se había parado la Gran Vía para un estreno suyo.

Te podía desarmar con una mirada, con un desdén. Pero había en su carácter algo que parecía a la vez un volcán y un tormento, una furia de búsqueda y de huida. Su hijo, David Rieff, ensayista, escritor, editor, que fue con ella a Lanzarote y que fue quien organizó que descansara para siempre en París, cerca de donde también está enterrado Samuel Beckett, escribió un libro conmovedor sobre ella (Un mar de muerte. Recuerdos de un hijo). Ahí Rieff recoge un poema de Philip Larkin sobre el terror a la muerte y él mismo dice de su madre: “Murió como había vivido: sin reconciliarse con la mortalidad, incluso después de haber sufrido tanto dolor; y ¡cuánto dolor sufrió, por Dios!” Le hubiera querido decir a su madre (“la melena canosa y negra y la intensidad de los ojos oscuros”): “No te deleites tanto con la vida, siempre la valoraste demasiado”.