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Naipaul y Coetzee, en la feria del libro

Por: Jorge Iván Parra 23 de abril 2017 , 12:07 a.m.
Bien sea por coincidencia o por una suerte de justicia poética, dos de los mejores escritores del mundo, ambos con premio Nobel entre pecho y espalda, llegan a la Filbo de este año. Es un feliz acontecimiento literario, tal vez irrepetible. ¿Qué tienen en común este par de titanes, aparte de su irrefragable calidad literaria? Se diría que poetizar el sino trágico de sus respectivas culturas; volver literatura lo que es carencia, dolor y pobreza. Ello en Sudáfrica, en el caso de J. M. Coetzee, y en Trinidad y la India, en el caso de V. S. Naipaul.
Testigo literario de Sudáfrica
Intentemos un retrato de Coetzee. Que dizque es huraño y aislado y no concede entrevistas: “No disfruto de estas entrevistas”.

Este genio nacido en Ciudad del Cabo, o, mejor dicho, en la cola del mundo en 1940, se dedica a producir obras en las que no cabe una desgracia más, y a enseñar literatura y lingüística.

Al leer su relato autobiográfico ‘Infancia’ (1997) nos damos cuenta de que no la tuvo fácil. Coetzee lo narra en tercera persona, quizá para dar apariencia de ficción o para ver su propia vida como testigo que escribe con objetividad. Se trata de un pequeño periodo entre los diez y los catorce años, vividos en Worsester y en Ciudad del Cabo.

De muy malas relaciones con su padre, quien era alcohólico y llevó una vida crapulosa tras haber sido militar, contador y abogado. Con su madre llevaba una relación calmada, basada en el control de los sentimientos y el miedo a la soledad:

“No le encuentra sentido al amor. Cuando los hombres y las mujeres se besan en las películas, y se escucha de fondo el sonido apagado y dulzón de los violines, él se revuelve en el asiento. Se promete que nunca será así: blandengue y tontarrón”.

Se educó en medio de la intolerancia racial, política y religiosa, en ciudades en las que los no católicos no tenían ninguna aceptación y donde separaban colegios para solo ingleses o solo afrikáneres, dos culturas que despreciaban la negritud. Era hipocondriaco y el más desaplicado del curso, que de cada cuatro clases asistía a una; pero sacaba siempre las mejores notas. En su libro ‘Verano’ (2009) se describe como un individuo insípido, frío (un “hombre de madera”), rústico en su trato con las mujeres; desaliñado y atolondrado.

En su más reciente novela, ‘Los días de Jesús en la escuela’ (2017), Coetzee sigue mostrando el atraso en las provincias sudafricanas y la precariedad, tanto de la educación como del orden jurídico, y, algo muy inquietante, la forma tan gratuita como alguien se puede convertir en asesino.


¿Y de Naipaul qué?
La vida y la obra de Vidiadhar Surajprasad Naipaul son una convergencia de culturas. ¿Es este escritor, que recita cualquier capítulo de ‘El lazarillo de Tormes’, caribeño, inglés o indio? Es caribeño porque nació en Trinidad en 1932. Inglés porque desde 1950 se radicó en Inglaterra y su obra se publica originalmente en inglés; pero mucho tiene también de indio, porque sus antecesores llegaron de la India para trabajar en las plantaciones de caña de Trinidad, y es indio, además, por su nombre, su tez y una cierta expresión melancólica que lo caracteriza. Dado que escribe sobre o desde estas tres culturas, Naipaul es el escritor de la multiculturalidad, para el que la experiencia cotidiana (teñida de sufrimiento) de un individuo cualquiera (por ejemplo, un “sanador místico”, o un hombre anodino como Mr. Biswas) da para escribir una novela. Son muchas las páginas en las que se puede apreciar una poetización y una especie de celebración de la pobreza, para lo cual el respectivo narrador cuida mucho los detalles, siempre con ese prurito del autor, de “no hermosear nada”.

En su obra más conocida, ‘Una casa para el señor Biswas’ (1999), Naipaul parece formularnos estos interrogantes:

¿Qué pasó con los inmigrantes indios en Trinidad después de la independencia de la India? ¿Qué significa nacer en el seno de una familia mitad india, mitad trinitense, en la que se habla hindi revuelto con inglés, y se practica un brahmanismo mezclado con catolicismo? ¿Qué significa compartir la vida con una familia descomunalmente numerosa, en la que ni se sabe quién es hijo, hermano, primo, sobrino o tío de quién, pero con la que se comparte una pobreza casi mística, casi elevada a la categoría de virtud?

Al pobre señor Biswas nunca se le ocurrió que no se casaba con una mujer sino con una familia entera, que para todo actuaba en gavilla; que una vez que se fijó en Shama, había caído en una trampa.

La más reciente publicación de Naipaul en nuestro idioma es ‘Una zona de oscuridad’ (2015), perfecto complemento de ‘India una civilización herida’ (1999). Se trata de un recorrido por Madrás, Delhi, Bombay y Cachemira, mostrando los alucinantes contrastes sociales motivados por las castas, y la desidia que impide cualquier forma de progreso en ese subcontinente en el que, con tal de tener motivo para pedir limosna, un padre puede dejar ciego a un hijo.

A Coetzee y a Naipaul, dos titanes de la literatura, ¡gracias por sus libros!, ¡gracias por estar en la FILBo!

JORGE IVÁN PARRA*
Especial para EL TIEMPO
* Crítico literario, autor del blog ‘De libros y autores’ de EL TIEMPO, y profesor de la maestría de Literatura de la Universidad Santo Tomás y de la U. Distrital.

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InteresanteTaller de escritura

El oficio de escribir

Por Valentina Coccia ( El Espectador)
Recientemente cumplí ya un año de escribir para el periódico El Espectador. Más que agradecer el espacio que este diario me brindó para publicar mis escritos, más que alabar al periódico por abrirle campo a una forma distinta de escribir, me gustaría hacer una reflexión sobre cómo el oficio de la escritura es una tarea transformadora y titánica a la vez, que modifica ampliamente la visión de mundo y los lentes a través de los cuales observamos la realidad.
Una mente obsesiva: Ante todo la escritura se revela como un proceso mental. Muchas veces, los que nos dedicamos a este oficio vamos por la calle un día cualquiera, caminando afanados con nuestra taza de café, y de un momento para otro, como si ocurriera una especie de milagro o epifanía, observamos un hecho que nos llama la atención. Un hombre recogiendo comida del cesto de basura, el anuncio de alguna película interesante, una protesta, una obra de teatro callejero; solo para mencionar algunos hechos que a mí personalmente me han impactado. Es como si de improviso el mundo se redujera a esa única realidad, y como si nuestros ojos adoptaran la forma de un lente pequeño que observa ese detalle sin perder de vista el universo que lo rodea. Usualmente, aquellos que escribimos llevamos una libreta de notas, en la que nos apuramos a escribir para no perder la idea, que igualmente, en las tareas de nuestro diario vivir, mientras trabajamos, lavamos los platos o cocinamos la cena, se asienta sobre nuestra mente como una obstinada obsesión.
La síntesis de la lectura: Usualmente, la lectura es un hábito del que no nos podemos desprender aquellos que escribimos. Así como el mundo se convierte en un embudo que vierte ideas dentro de botellas que almacenamos en nuestra mente, de la lectura también brotan manantiales de conocimiento, que de una manera distinta, sin embargo, vienen a poblar nuestro bosque del pensamiento. Al leer miramos el mundo con los ojos que lo han visto otros, y que modifican, a su vez, los lentes con los que nosotros mismos observamos la realidad. Una novela, un cuento, un ensayo o un poema son ya una síntesis de ese mundo que otros han observado y leer no solo enriquece nuestra propia mirada, sino que ayuda a pulirla, a depurarla, y por supuesto, a enriquecer nuestra visión sobre esa realidad arrolladora que tan impactante se nos ha presentado por las calles. Al subrayar, anotar y escribir en nuestra libreta, en el cuaderno como en nuestra mente se forman asociaciones que inquietan nuestras manos y sacuden nuestra pluma, que impaciente se agita en el cajón para poder empezar a escribir.
Pintando en el papel: Después de manifestarse esa increíble urgencia y de tener las hojas apacibles frente a nosotros, o la pantalla del computador con su fondo en blanco, comenzar usualmente es lo más difícil. ¿Qué hacer para que ese acaudalado río de ideas fluya bajo un mismo curso? ¿Cómo organizar la mente para que el texto sea coherente? En esta parte del proceso cada quien tiene sus formas de conectarse con aquello que va a plasmar en el papel. A mí me ocurre que todo viene curiosamente desde adentro, como en ese momento epifánico del que hablaba al comienzo. Muchas veces he permanecido largos minutos frente al papel esperando la frase que abra mi escrito. A veces pasa tanto tiempo que me dedico a otros quehaceres mientras observo ocasionalmente las hojas en blanco que dejé sobre el escritorio, como un recuerdo de que debo permanecer conectada con el acto de escribir. De un momento para otro, como un destello que se imprime en la pantalla blanca del computador, aparece mi oración predilecta, y es así como de mi mente empieza a brotar un árbol que deja caer sus hojas sobre el papel.
Personalmente me ocurre que es como si comenzara a pintar. Las ideas complementarias van llenando mi boceto inicial, modificando tonos y colores, dibujando líneas que se unen unas con otras para formar un único trazo, metiendo uno que otro personaje inesperado dentro del cuadro, y así, poco a poco, la pintura va tomando forma. Al final, las palabras, como personajes inquietos, cobran vida sobre el papel, y me van pidiendo, al releer mi texto, que las cambie de lugar, que les quite de al lado incómodas comas o puntos o que les deje más espacio para respirar. Así, cuando ellas y yo nos sentimos más satisfechas, guardo mi escrito en un cajón o en un archivo, y espero el día siguiente para releerlo. Dado el caso me toca retomar el pincel, y con amorosa paciencia, imprimirle los últimos toques a las palabras antes de publicarlas, dándoles la libertad de que busquen albergue en las encajonadas mentes de todos aquellos que las lean.
@valentinacocci4  valentinacoccia.elespectador@gmail.com
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La biblioteca que escapó del fuego

 

Por:   RAFAEL ARGULLOL

29 ENE 2011 ( El País)

El 12 de diciembre de 1933, dos barcos de vapor, el Hermia y el Jessica, remontaron el río Elba con un cargamento de 531 cajas. Abandonaban el puerto de Hamburgo con el propósito de dirigirse a los muelles del Támesis, en Londres. En las cajas, además de miles de fotografías y diapositivas, estaban depositados 60.000 libros. En principio, se trataba de un préstamo que debía prolongarse a lo largo de tres años. La realidad es que los libros ya no emprendieron el viaje de regreso a su lugar de origen, consumándose, así, el traslado definitivo, desde Alemania a Inglaterra, de la Biblioteca Warburg, una de las empresas culturales más fascinantes del siglo pasado y quizá la que resulta más enigmática desde un punto de vista bibliófilo.

En 1933 la Biblioteca Warburg, una empresa cultural fascinante, viajó de Alemania a Inglaterra

Es una colección organizada con criterios sutiles y heterodoxos
Como estamos mucho más habituados a las imágenes de libros en las hogueras, resulta difícil de imaginar el proceso contrario: la salvación de una gran biblioteca del acecho de las llamas. La de Alejandría fue incendiada varias veces, y tenemos abundantes noticias sobre quema de libros en cualquier época sometida al fanatismo, hasta el pasado más reciente. Por eso llama la atención lo ocurrido con la Biblioteca Warburg. Curiosamente, todo fue muy rápido, pese a que las negociaciones secretas entre los alemanes y británicos implicados en el plan de salvación de la biblioteca fueron largas y laboriosas. A principios de 1933, Hitler alcanzó el poder, y a finales de ese mismo año los volúmenes que Aby Warburg había reunido en el transcurso de cuatro décadas ya se encontraban en su nueva morada londinense. Los acontecimientos se precipitaron, sometidos al vértigo sin precedentes de un periodo que culminaría en el mayor desastre de la historia. Los continuadores de la obra de Aby Warburg -pues este había fallecido un lustro antes- pronto advierten que será imposible proseguir con su labor bajo la vigilancia nazi. En consecuencia, empiezan los contactos destinados al traslado. Primero se piensa en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, donde escasean los fondos para el futuro mantenimiento. Después, en Italia, el lugar más adecuado de acuerdo con el contenido de la biblioteca, pero el menos fiable tras el largo Gobierno de Mussolini. Finalmente, se impone la opción británica. Eric M. Warburg, hermano de Aby, escribió una crónica pormenorizada de las negociaciones que, como apéndice, se incluye en el recién publicado texto de Salvatore Settis Warburg Continuatus. Descripción de una biblioteca (Ediciones de la Central y Museo Reina Sofía). El relato nos introduce en una trama de alta intriga.

¿Por qué era tan singular la Biblioteca Warburg? Es difícil obtener una respuesta unívoca. De la lectura del libro de Salvatore Settis, así como de la del también reciente y muy recomendable ensayo de J. F. Yvars Imágenes cifradas (Elba), se desprende una suerte de paisaje de círculos concéntricos según el cual la misteriosa personalidad de Aby Warburg abrazaría la estructura de su biblioteca, del mismo modo en que los hilos de la telaraña no pueden comprenderse sin el instinto constructor del propio insecto. También las explicaciones, ya clásicas, de Fritz Saxl, Ernst Cassirer, Erwin Panofsky o E. H. Gombrich sobre el maestro de Hamburgo apuntan en la misma dirección. Lo que podríamos denominar el caso Warburg se refiere a un hombre que dedicó su vida a la formación de una biblioteca que, con el tiempo, sería muchos mundos al unísono: un edificio, construido en Hamburgo por el arquitecto Fritz Schumacher, que debía inspirarse en la elipse orbital de Kepler; un laberinto que atrapaba al visitante, según Cassirer; una colección organizada de acuerdo con criterios sutiles y completamente heterodoxos, todavía no enteramente dilucidados; un polo espiritual que magnetizaba a cuantos se acercaban y que daría lugar, primero en Alemania y luego -póstumamente respecto al fundador- en Reino Unido, a la más prestigiosa tradición contemporánea en el territorio de la Historia del Arte.

En el centro de la telaraña, el hombre, Aby Warburg, continúa siendo un misterio, alguien mucho más evocado que leído, a pesar de que últimamente crece la edición de sus escritos, incluido su crucial Atlas Mnemosyne (Editorial Akal), comparado, con razón, por Yvars con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin. De Aby Warburg siempre se recuerdan dos circunstancias que acotan su trayectoria vital. De sus últimos años se saca a colación la enfermedad nerviosa que motivó su internamiento en un sanatorio y, en el otro extremo de su biografía, se alude al adolescente que, en un gesto bíblico, renunció a su primogenitura en el seno de una familia de la gran burguesía hamburguesa a condición de que, en el futuro, siempre dispusiera de los fondos necesarios para adquirir cuantos libros quisiera. A los 13 años, la edad en que se produjo esa renuncia, Aby parecía haber adivinado ya sus dos pasiones futuras: coleccionar libros y organizar de manera revolucionaria su colección. El resultado fue, sobre todo después de la construcción del edificio que obedecía a sus innovadores criterios, una biblioteca radicalmente distinta a las demás.

Las estanterías de la Biblioteca Warburg reunían volúmenes que guardaban entre sí “afinidades electivas”, lo cual suponía extraños alineamientos de arte, medicina, filosofía, astrología o ciencias naturales alrededor de unas imágenes simbólicas que, aisladas en cada especialidad, perdían su fuerza genealógica. Así, por ejemplo, y para horror de los historiadores ortodoxos, en los paneles del Atlas Mnemosyne Warburg juntaba motivos alegóricos, fragmentos de cuadros, emblemas esotéricos, fórmulas matemáticas o grabados sobre la circulación sanguínea en un solo plano de múltiples relaciones. Gracias a esas “afinidades electivas”, el historiador podía excavar el pasado a través de múltiples túneles que se iban entrecruzando en el subsuelo de la memoria (Mnemosyne era el frontispicio que presidía la Biblioteca Warburg). Esta idea, susceptible de ser aplicada a toda la historia de la cultura, era particularmente importante al tratar de identificar las fuentes antiguas del arte renacentista, como demostró el mismo Aby Warburg con sus extraordinarias radiografías de El nacimiento de Venus y La Primavera de Botticelli. Sus discípulos experimentaron pronto que su biblioteca, lejos de ser un archivo inerte, era un organismo vivo que trasladaba a la imaginación por las diversas islas del conocimiento.

Lo que los dos barcos de vapor transportaban aquella gélida mañana de diciembre de 1933 no eran solo miles de libros cuidadosamente escogidos a lo largo de décadas, sino la semilla de una sabiduría singular que daría frutos magníficos. Parece que la decisión del municipio de Hamburgo de prestar por tres años la Biblioteca Warburg irritó sobremanera a la Cancillería del Reich en Berlín. Empezaban las hogueras por todas partes y, desde luego, era escandaloso que se hubieran escapado sigilosamente 60.000 posibles víctimas.

Rafael Argullol es escritor.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de enero de 2011 de El país

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Finalmente Dylan va por su Nobel

Estocolmo 29 MAR 2017 – 07:49 COT

(tomado de : cultura.elpais.com)
Bob Dylan recibirá el Nobel en Estocolmo este fin de semana.
Bob Dylan recibirá el premio Nobel de Literatura este fin de semana en Estocolmo en un encuentro que mantendrá con la Academia sueca, ha informado este miércoles la secretaria permanente de la institución, Sara Danius. “La buena noticia es que la Academia y Dylan han decidido reunirse este fin de semana. La Academia le dará entonces a Dylan el diploma y la medalla del Nobel, y le felicitará por el premio”, ha escrito Danius en su blog. La secretaria ha precisado que el cantautor no pronunciará la conferencia de recepción obligada al recibir el galardón, aunque la Academia tiene “razones para creer” que enviará una versión grabada más adelante, algo que deberá hacer antes del 10 de junio para poder cobrar los 839.000 euros del premio.

“El encuentro será pequeño e íntimo, y no habrá medios de comunicación presentes; únicamente asistirán Dylan y los miembros de la Academia, de acuerdo con los deseos del cantautor”, continúa el comunicado de Danius. “Por favor, tengan en cuenta que no habrá lección del Nobel [como se conoce al tradicional discurso de recepción]. La Academia tiene razones para pensar que se enviará una versión grabada ulteriormente”, ha puntualizado.

Según las normas de los Nobel, el galardonado debe pronunciar una conferencia en los seis meses siguientes a la ceremonia de entrega de los premios para hacerse acreedor de este. La concesión del galardón se dio a conocer a principios de octubre, tras lo cual Dylan mantuvo un absoluto mutismo durante más de una semana, para luego comunicar a la Fundación Nobel que lo aceptaba, aunque explicó que tenía compromisos que le impedían ir a recogerlo. No asistió a la ceremonia de entrega, aunque sí envió un discurso que leyó su compatriota Patti Smith, quien además cantó uno de sus temas.

El cantautor, de 75 años, ofrecerá dos conciertos en Estocolmo el 1 y el 2 de abril. La secretaria permanente de la Academia sueca no ha indicado si el encuentro con Dylan se producirá antes o después de los conciertos.

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La fascinante imprenta que elabora libros igual que en 1960

“Lo más importante no son las máquinas sino los oficios”

La imprenta patriótica

casa-marroquin

En un taller del Instituto Caro y Cuervo se siguen fabricando textos con máquinas que tienen más de medio siglo. Es un lugar que conserva oficios en vía de extinción.En Chía hay un lugar detenido en el tiempo. Es la hacienda del expresidente y filólogo José Manuel Marroquín (1827 – 1908). A la entrada está el camino de los poetas con monumentos de escritores colombianos como José Asunción Silva. La restauración de la casa Marroquín, Monumento Nacional que pronto será un museo, ha avanzado. Y las flores del jardín ya han dado sus primeros retoños. Hay tanto silencio en el lugar, que no se escuchan voces sino susurros.

En este campo rodeado de árboles y pastos está la biblioteca José Manuel Rivas Sacconi que esconde joyas literarias como los diarios y libros de Soledad Acosta de Samper. Custodia Ríos es la bibliotecaria hace más de 30 años. Nadie como ella conoce las reliquias de este templo de la literatura. Allí también está el laboratorio de lenguas, las oficinas y residencias de los investigadores.

En la hacienda también está ubicada la Imprenta Patriótica, el lugar donde se siguen elaborando libros tal como se hacía hace más de medio siglo. Sus trabajadores dicen orgullosos en las visitas guiadas que es lo más cercano que tenemos los colombianos a la imprenta de Johannes Gutenberg, el inventor de este tipo de máquinas con tipos móviles en Alemania.

En el lugar hay aparatos traídos de Estados Unidos y Alemania que necesitan de las manos meticulosas de operarios. Llegaron al país en 1960, el mismo año en el que fundó este sello editorial en honor a Antonio Nariño, quien tenía también una imprenta en la que se tradujeron los derechos del hombre y del ciudadano.

Se puede ver en vivo parte de la historia de la impresión tipográfica y litográfica. Es un lugar que guarda algunos oficios en vía de extinción. Armando Rodríguez y Jaime Antonio Álvarez son linotipistas; Jorge Eliecer González, armador; la impresión tipográfica es liderada por Giovanny Valbuena y Jorge Mora. Y en la encuadernación están tres grandes amigas Helena Rubiano, Luz Marina Salazar, Mariela Beltrán y Pilar Osorio. Todas las personas que trabajan en estos oficios llevan al menos 20 años en este lugar.

Armando explica que el proceso comienza con la idea de alguien que desea escribir un libro. Una vez es amparada por la editorial, ellos empiezan su trabajo.

El primer paso es digitar el manuscrito en la linotipia, una máquina inventada por Ottmar Mergenthaler en 1886, que funde el plomo para formar una línea completa de texto. Luego, estas líneas pasan al armador, quien compone las páginas de plomo y se establece junto al diseñador la estructura gráfica del libro: espacio, columnas, sangría, entre otros.

En esta etapa las primeras páginas son revisadas por el corrector de estilo y los editores para ver que todo esté en orden. Si hay algún error se deberá hacer esa línea y volver a componer la página.

La siguiente fase es la impresión tipográfica en la máquina planocilíndrica y un cilindro de acero que hace presión por sectores. En este paso se imprimen los cuadernillos. El contacto del papel y el metal hace que las páginas sean de una alta calidad.

Luego, se ordena el libro y se dobla para formar cuadernillos que serán cosidos con hilo de lino. Como algunas páginas están dobladas y no podrían abrirse el cuadernillo, pasa por la refiladora, la máquina en la que se cortan los bordes. Finalmente, se elabora el montaje de la portada que puede ser rústico, cuando la portada es de cartulina; o fina, cuando se trata de libros con portadas duras y cubiertas de cuero, percalina o tela.

Cesar Buitrago, director de la Imprenta Patriótica desde 2013, dijo a Semana.com que han querido mantener esta forma de hacer libros “porque son las raíces de otros procesos tecnológicos (…) Lo más importante no son las máquinas sino los oficios. Esta forma de hacer libros se debe rescatar porque son patrimonio de la humanidad. Creo que es importante mantenerlo por amor al arte, al arte gráfico”, Agregó Buitrago.

La directora del Instituto Caro y Cuervo, Carmen Millán de Benavides, explicó que la Imprenta Patriótica preserva el oficio de tipografía y que permite crear libros que ahora son un lujo y considerados una obra de arte: “Un libro de estos es único, tiene personalidad; pasa por la mano de grabadores, impresores, hasta recibe masajes… Los nudos, las costuras y los grabados tienen detalles muy bellos”.

Ir al Instituto Caro y Cuervo en Chía permite conocer toda la cadena del libro. Es el lugar donde surgen las ideas, donde se plasman en un libro, donde se distribuyen, y donde son archivados en una biblioteca. Allí el libro es casi una extensión del ser humano.

*Las personas que deseen visitar la Imprenta Patriótica pueden hacerlo a través de una cita. Más información en este enlace: caroycuervo.gov.co

 

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La literatura cotidiana

Esta charla del HAY en la que Ricardo Silva Romero y Antonio García Ángel hablan de sus últimas novelas, me interesó desde un principio. En medio de un boom de la novela histórica o la historia novelada, leer sobre lo que tenemos cerca, lo que nos habla de nuestras propias realidades, marca un contraste que tiene toda la vigencia.

Y me gustó. Me gustó mucho. Como dicen ahora, “vibré” con el tema.

 

ricardo1Ricardo Silva dijo algo así como que la literatura dice por uno lo que uno tiene en la punta de la lengua. Y en la punta de la lengua tenemos eso con lo cual nos identificamos, sin duda.

En “Historia oficial del amor”, Silva Romero reflexiona sobre la importancia de la familia para los colombianos y afirma que uno de los atractivos de su historia es que dice la verdad con el método de la ficción. Comienza de atrás para adelante, del presente al pasado, y sigue un hilo conductor que desemboca en una reflexión: es difícil vivir una vida íntegra en Colombia rodeados de tanta mezquindad.

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Para Antonio García, descubrir a través de Andrés Caicedo que uno puede escribir sobre los lugares familiares de la vida cotidiana, hizo que ajustara su mira literaria. En esta última novela, “Declive” ( debo aceptar que no la he leído aún) el personaje se mueve por todos los escenarios de la Bogotá cotidiana, usa el transmilenio y camina sus calles. Va en declive, como lo anuncia el título de la novela, y el lector se identifica con la angustia de un personaje al que ve caer, caer, caer…

La forma como García le da vida a la ciudad, es apelar a lo que llama el extrañamiento que es ver las cosas como si fuera la primera vez. Cuando te acostumbras a las cosas, estas tienen un grado de invisibilidad, se adormece la sorpresa.

Interesante, ¿verdad?

 

 

InteresanteTaller de escritura

Diferencia entre paréntesis, comas y rayas

Encontré en El Tiempo este  artículo que explica con gran sencillez cómo es  el uso correcto estos signos y quiero compartirlo aquí. Espero que les sea útil.

Los usos de estos signos, se ajustan al estilo de las personas cuando acuden al lenguaje.

Por:  Redacción EL TIEMPO

4:27 p.m. | 13 de enero de 2017

Los datos aclaratorios suelen resultar muy útiles, pero no hay que exagerar con este recurso.

Foto: David Sánchez/EL TIEMPO

Los datos aclaratorios suelen resultar muy útiles, pero no hay que exagerar con este recurso.

Son frecuentes las consultas de los lectores acerca de cómo se usan las comas, las rayas y los paréntesis, en los casos en que se incluye un inciso o dato aclaratorio en un texto. Para asimilar y luego aplicar con precisión estos recursos de la escritura, es necesario, sin lugar a dudas, conocer la estructura básica de la oración.

La pretensión ahora, ni más faltaba, no consiste en acudir a un tono complejo de explicación. Hasta donde ha sido posible, siempre el objetivo de esta columna se ha centrado en orientar de manera sencilla a los usuarios de la lengua, y estos son todos aquellos que hablan, escriben, escuchan o leen en español.

Los usos de estos signos, por supuesto, se ajustan al estilo de las personas cuando acuden al lenguaje. En cada una, hay unas características ineludibles y apenas tan modificables como los rasgos físicos. Así, las alternativas para usar la lengua pueden variar en conformidad con la naturaleza de cada quien, con los intereses que persiga y, claro, también con las influencias que ha marcado quizás para siempre la propia cultura.

Con comas

Para empezar, hemos de citar una oración: “El presidente del consejo estableció las pautas para organizar el proyecto”. En esta, el único signo de puntuación que debe marcarse es el punto final, porque jamás debe separarse el sujeto del predicado, y la oración está ordenada. Sujeto: “El presidente del consejo”; predicado: “estableció las pautas para organizar el proyecto”.

Sin embargo, si se quiere, se requiere o es necesaria una precisión a mitad de esa idea, pues esta se inserta enmarcada entre comas. Ejemplo: “El presidente del consejo, justo esta mañana, estableció las pautas para organizar el proyecto”; “el presidente del consejo, un señor muy gruñón, estableció las pautas para organizar el proyecto”; “el presidente del consejo, más bien serio, estableció las pautas para organizar el proyecto”; “el presidente del consejo, casi obligado, estableció las pautas para organizar el proyecto”; “el presidente del consejo, y nadie lo notó, estableció las pautas para organizar el proyecto”, etc.

En esas oraciones, el dato aclaratorio va entre el sujeto y el verbo, pero también (cuestión de gusto y estilo) podemos situar el dato después del verbo. Ejemplo: “El presidente del consejo estableció, con mucho cuidado, las pautas para organizar el proyecto”, “el presidente del consejo estableció, con arbitrariedad, las pautas para organizar el proyecto”, “el presidente del consejo estableció, con una delicada orden, las pautas para organizar el proyecto”, etc.

Con rayas

Otra opción consiste en situar esos mismos datos aclaratorios entre rayas. A diferencia del guion, las rayas deben ocupar, más o menos, el espacio que ocupan dos letras, y también se usan para acoger un dato aclaratorio. Ejemplos: “Patógeno Ferney cobró equivocadamente –yo tenía ese presentimiento– el penalti en el Mundial”; “La instrucción de los directores –mucha gente lo sospechaba– solo se centró en incentivar la participación”; “los mismos libros que la humanidad ha reverenciado –todavía hay incrédulos– permiten reflexionar a todas la generaciones y pueblos del mundo”; “Gratinia –¡qué nombre tan bello!– practicaba deporte todas las mañanas”.

Si una oración termina con rayas, se marca el punto final después de estas: “Al regresar del cementerio, comprobó que el destino de la humanidad era el mismo –y tanta gente que evitaba entenderlo–.”

Con paréntesis

Como hemos notado, los datos aclaratorios incluidos entre comas y entre rayas cambian de manera intempestiva el ritmo de la lectura. Su aparición constituye un pequeño frenazo, a fin de tomar una precisión y, luego, reanudar el trayecto de la lectura.

Con el paréntesis, la aplicación es muy semejante. Ejemplos: “Simón Bolívar (1783-1830) fue un militar y político venezolano”; “las más altas cumbres del mundo (donde la frialdad es extrema) solo han acogido a muy pocos hombres”; “las máquinas (y el mundo no reacciona) parecen reemplazar la actividad cerebral humana”; “las frutas frescas (cómo me acuerdo de la vendedora de frutas) despliegan alegría en el paladar”.

***

Aunque es evidente que los datos aclaratorios en una oración resultan muy útiles, exagerar con este recurso puede dar un sentido enrevesado a las ideas; hay que dosificarlo. Esa gradación de comas, rayas o paréntesis, en la práctica, es una decisión subjetiva. Cada quien determinará qué tan distante o cercano es ese inciso, ese corte, con respecto a la idea general que se expone. La gradación, entonces, va de coma a rayas, y de rayas a paréntesis.
También es posible usarlos todos a la vez en una oración, por supuesto atiborrándola de datos: “Esa mañana, muy distinta a las otras, el caminante –siempre ingenuo– tomaba los mismos trayectos (hay que abrir los propios) y, claro, para transitar otra vez como borrego por los pasos de los otros”.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
Profesor Facultad de Comunicación
Universidad de La Sabana