Por Valentina Coccia ( El Espectador)
Recientemente cumplí ya un año de escribir para el periódico El Espectador. Más que agradecer el espacio que este diario me brindó para publicar mis escritos, más que alabar al periódico por abrirle campo a una forma distinta de escribir, me gustaría hacer una reflexión sobre cómo el oficio de la escritura es una tarea transformadora y titánica a la vez, que modifica ampliamente la visión de mundo y los lentes a través de los cuales observamos la realidad.
Una mente obsesiva: Ante todo la escritura se revela como un proceso mental. Muchas veces, los que nos dedicamos a este oficio vamos por la calle un día cualquiera, caminando afanados con nuestra taza de café, y de un momento para otro, como si ocurriera una especie de milagro o epifanía, observamos un hecho que nos llama la atención. Un hombre recogiendo comida del cesto de basura, el anuncio de alguna película interesante, una protesta, una obra de teatro callejero; solo para mencionar algunos hechos que a mí personalmente me han impactado. Es como si de improviso el mundo se redujera a esa única realidad, y como si nuestros ojos adoptaran la forma de un lente pequeño que observa ese detalle sin perder de vista el universo que lo rodea. Usualmente, aquellos que escribimos llevamos una libreta de notas, en la que nos apuramos a escribir para no perder la idea, que igualmente, en las tareas de nuestro diario vivir, mientras trabajamos, lavamos los platos o cocinamos la cena, se asienta sobre nuestra mente como una obstinada obsesión.
La síntesis de la lectura: Usualmente, la lectura es un hábito del que no nos podemos desprender aquellos que escribimos. Así como el mundo se convierte en un embudo que vierte ideas dentro de botellas que almacenamos en nuestra mente, de la lectura también brotan manantiales de conocimiento, que de una manera distinta, sin embargo, vienen a poblar nuestro bosque del pensamiento. Al leer miramos el mundo con los ojos que lo han visto otros, y que modifican, a su vez, los lentes con los que nosotros mismos observamos la realidad. Una novela, un cuento, un ensayo o un poema son ya una síntesis de ese mundo que otros han observado y leer no solo enriquece nuestra propia mirada, sino que ayuda a pulirla, a depurarla, y por supuesto, a enriquecer nuestra visión sobre esa realidad arrolladora que tan impactante se nos ha presentado por las calles. Al subrayar, anotar y escribir en nuestra libreta, en el cuaderno como en nuestra mente se forman asociaciones que inquietan nuestras manos y sacuden nuestra pluma, que impaciente se agita en el cajón para poder empezar a escribir.
Pintando en el papel: Después de manifestarse esa increíble urgencia y de tener las hojas apacibles frente a nosotros, o la pantalla del computador con su fondo en blanco, comenzar usualmente es lo más difícil. ¿Qué hacer para que ese acaudalado río de ideas fluya bajo un mismo curso? ¿Cómo organizar la mente para que el texto sea coherente? En esta parte del proceso cada quien tiene sus formas de conectarse con aquello que va a plasmar en el papel. A mí me ocurre que todo viene curiosamente desde adentro, como en ese momento epifánico del que hablaba al comienzo. Muchas veces he permanecido largos minutos frente al papel esperando la frase que abra mi escrito. A veces pasa tanto tiempo que me dedico a otros quehaceres mientras observo ocasionalmente las hojas en blanco que dejé sobre el escritorio, como un recuerdo de que debo permanecer conectada con el acto de escribir. De un momento para otro, como un destello que se imprime en la pantalla blanca del computador, aparece mi oración predilecta, y es así como de mi mente empieza a brotar un árbol que deja caer sus hojas sobre el papel.
Personalmente me ocurre que es como si comenzara a pintar. Las ideas complementarias van llenando mi boceto inicial, modificando tonos y colores, dibujando líneas que se unen unas con otras para formar un único trazo, metiendo uno que otro personaje inesperado dentro del cuadro, y así, poco a poco, la pintura va tomando forma. Al final, las palabras, como personajes inquietos, cobran vida sobre el papel, y me van pidiendo, al releer mi texto, que las cambie de lugar, que les quite de al lado incómodas comas o puntos o que les deje más espacio para respirar. Así, cuando ellas y yo nos sentimos más satisfechas, guardo mi escrito en un cajón o en un archivo, y espero el día siguiente para releerlo. Dado el caso me toca retomar el pincel, y con amorosa paciencia, imprimirle los últimos toques a las palabras antes de publicarlas, dándoles la libertad de que busquen albergue en las encajonadas mentes de todos aquellos que las lean.
@valentinacocci4  valentinacoccia.elespectador@gmail.com
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Escrito por Rosita Jaramillo

Economista, politóloga, lectora y escritora. Mi obsesión, aprender algo nuevo cada día. Dirijo talleres de escritura y recibo de mis alumnos tanto como yo les doy a ellos: son una ventana al origen mitsrioso de la inspiración. Autora de " De la Imaginación a las Palabras" y de la novela "Marca de nacimiento". Atrapada en la generación de contenidos de mi blog literario rositajaramillo.com

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