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Naipaul y Coetzee, en la feria del libro

Por: Jorge Iván Parra 23 de abril 2017 , 12:07 a.m.
Bien sea por coincidencia o por una suerte de justicia poética, dos de los mejores escritores del mundo, ambos con premio Nobel entre pecho y espalda, llegan a la Filbo de este año. Es un feliz acontecimiento literario, tal vez irrepetible. ¿Qué tienen en común este par de titanes, aparte de su irrefragable calidad literaria? Se diría que poetizar el sino trágico de sus respectivas culturas; volver literatura lo que es carencia, dolor y pobreza. Ello en Sudáfrica, en el caso de J. M. Coetzee, y en Trinidad y la India, en el caso de V. S. Naipaul.
Testigo literario de Sudáfrica
Intentemos un retrato de Coetzee. Que dizque es huraño y aislado y no concede entrevistas: “No disfruto de estas entrevistas”.

Este genio nacido en Ciudad del Cabo, o, mejor dicho, en la cola del mundo en 1940, se dedica a producir obras en las que no cabe una desgracia más, y a enseñar literatura y lingüística.

Al leer su relato autobiográfico ‘Infancia’ (1997) nos damos cuenta de que no la tuvo fácil. Coetzee lo narra en tercera persona, quizá para dar apariencia de ficción o para ver su propia vida como testigo que escribe con objetividad. Se trata de un pequeño periodo entre los diez y los catorce años, vividos en Worsester y en Ciudad del Cabo.

De muy malas relaciones con su padre, quien era alcohólico y llevó una vida crapulosa tras haber sido militar, contador y abogado. Con su madre llevaba una relación calmada, basada en el control de los sentimientos y el miedo a la soledad:

“No le encuentra sentido al amor. Cuando los hombres y las mujeres se besan en las películas, y se escucha de fondo el sonido apagado y dulzón de los violines, él se revuelve en el asiento. Se promete que nunca será así: blandengue y tontarrón”.

Se educó en medio de la intolerancia racial, política y religiosa, en ciudades en las que los no católicos no tenían ninguna aceptación y donde separaban colegios para solo ingleses o solo afrikáneres, dos culturas que despreciaban la negritud. Era hipocondriaco y el más desaplicado del curso, que de cada cuatro clases asistía a una; pero sacaba siempre las mejores notas. En su libro ‘Verano’ (2009) se describe como un individuo insípido, frío (un “hombre de madera”), rústico en su trato con las mujeres; desaliñado y atolondrado.

En su más reciente novela, ‘Los días de Jesús en la escuela’ (2017), Coetzee sigue mostrando el atraso en las provincias sudafricanas y la precariedad, tanto de la educación como del orden jurídico, y, algo muy inquietante, la forma tan gratuita como alguien se puede convertir en asesino.


¿Y de Naipaul qué?
La vida y la obra de Vidiadhar Surajprasad Naipaul son una convergencia de culturas. ¿Es este escritor, que recita cualquier capítulo de ‘El lazarillo de Tormes’, caribeño, inglés o indio? Es caribeño porque nació en Trinidad en 1932. Inglés porque desde 1950 se radicó en Inglaterra y su obra se publica originalmente en inglés; pero mucho tiene también de indio, porque sus antecesores llegaron de la India para trabajar en las plantaciones de caña de Trinidad, y es indio, además, por su nombre, su tez y una cierta expresión melancólica que lo caracteriza. Dado que escribe sobre o desde estas tres culturas, Naipaul es el escritor de la multiculturalidad, para el que la experiencia cotidiana (teñida de sufrimiento) de un individuo cualquiera (por ejemplo, un “sanador místico”, o un hombre anodino como Mr. Biswas) da para escribir una novela. Son muchas las páginas en las que se puede apreciar una poetización y una especie de celebración de la pobreza, para lo cual el respectivo narrador cuida mucho los detalles, siempre con ese prurito del autor, de “no hermosear nada”.

En su obra más conocida, ‘Una casa para el señor Biswas’ (1999), Naipaul parece formularnos estos interrogantes:

¿Qué pasó con los inmigrantes indios en Trinidad después de la independencia de la India? ¿Qué significa nacer en el seno de una familia mitad india, mitad trinitense, en la que se habla hindi revuelto con inglés, y se practica un brahmanismo mezclado con catolicismo? ¿Qué significa compartir la vida con una familia descomunalmente numerosa, en la que ni se sabe quién es hijo, hermano, primo, sobrino o tío de quién, pero con la que se comparte una pobreza casi mística, casi elevada a la categoría de virtud?

Al pobre señor Biswas nunca se le ocurrió que no se casaba con una mujer sino con una familia entera, que para todo actuaba en gavilla; que una vez que se fijó en Shama, había caído en una trampa.

La más reciente publicación de Naipaul en nuestro idioma es ‘Una zona de oscuridad’ (2015), perfecto complemento de ‘India una civilización herida’ (1999). Se trata de un recorrido por Madrás, Delhi, Bombay y Cachemira, mostrando los alucinantes contrastes sociales motivados por las castas, y la desidia que impide cualquier forma de progreso en ese subcontinente en el que, con tal de tener motivo para pedir limosna, un padre puede dejar ciego a un hijo.

A Coetzee y a Naipaul, dos titanes de la literatura, ¡gracias por sus libros!, ¡gracias por estar en la FILBo!

JORGE IVÁN PARRA*
Especial para EL TIEMPO
* Crítico literario, autor del blog ‘De libros y autores’ de EL TIEMPO, y profesor de la maestría de Literatura de la Universidad Santo Tomás y de la U. Distrital.

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InteresanteTaller de escritura

El oficio de escribir

Por Valentina Coccia ( El Espectador)
Recientemente cumplí ya un año de escribir para el periódico El Espectador. Más que agradecer el espacio que este diario me brindó para publicar mis escritos, más que alabar al periódico por abrirle campo a una forma distinta de escribir, me gustaría hacer una reflexión sobre cómo el oficio de la escritura es una tarea transformadora y titánica a la vez, que modifica ampliamente la visión de mundo y los lentes a través de los cuales observamos la realidad.
Una mente obsesiva: Ante todo la escritura se revela como un proceso mental. Muchas veces, los que nos dedicamos a este oficio vamos por la calle un día cualquiera, caminando afanados con nuestra taza de café, y de un momento para otro, como si ocurriera una especie de milagro o epifanía, observamos un hecho que nos llama la atención. Un hombre recogiendo comida del cesto de basura, el anuncio de alguna película interesante, una protesta, una obra de teatro callejero; solo para mencionar algunos hechos que a mí personalmente me han impactado. Es como si de improviso el mundo se redujera a esa única realidad, y como si nuestros ojos adoptaran la forma de un lente pequeño que observa ese detalle sin perder de vista el universo que lo rodea. Usualmente, aquellos que escribimos llevamos una libreta de notas, en la que nos apuramos a escribir para no perder la idea, que igualmente, en las tareas de nuestro diario vivir, mientras trabajamos, lavamos los platos o cocinamos la cena, se asienta sobre nuestra mente como una obstinada obsesión.
La síntesis de la lectura: Usualmente, la lectura es un hábito del que no nos podemos desprender aquellos que escribimos. Así como el mundo se convierte en un embudo que vierte ideas dentro de botellas que almacenamos en nuestra mente, de la lectura también brotan manantiales de conocimiento, que de una manera distinta, sin embargo, vienen a poblar nuestro bosque del pensamiento. Al leer miramos el mundo con los ojos que lo han visto otros, y que modifican, a su vez, los lentes con los que nosotros mismos observamos la realidad. Una novela, un cuento, un ensayo o un poema son ya una síntesis de ese mundo que otros han observado y leer no solo enriquece nuestra propia mirada, sino que ayuda a pulirla, a depurarla, y por supuesto, a enriquecer nuestra visión sobre esa realidad arrolladora que tan impactante se nos ha presentado por las calles. Al subrayar, anotar y escribir en nuestra libreta, en el cuaderno como en nuestra mente se forman asociaciones que inquietan nuestras manos y sacuden nuestra pluma, que impaciente se agita en el cajón para poder empezar a escribir.
Pintando en el papel: Después de manifestarse esa increíble urgencia y de tener las hojas apacibles frente a nosotros, o la pantalla del computador con su fondo en blanco, comenzar usualmente es lo más difícil. ¿Qué hacer para que ese acaudalado río de ideas fluya bajo un mismo curso? ¿Cómo organizar la mente para que el texto sea coherente? En esta parte del proceso cada quien tiene sus formas de conectarse con aquello que va a plasmar en el papel. A mí me ocurre que todo viene curiosamente desde adentro, como en ese momento epifánico del que hablaba al comienzo. Muchas veces he permanecido largos minutos frente al papel esperando la frase que abra mi escrito. A veces pasa tanto tiempo que me dedico a otros quehaceres mientras observo ocasionalmente las hojas en blanco que dejé sobre el escritorio, como un recuerdo de que debo permanecer conectada con el acto de escribir. De un momento para otro, como un destello que se imprime en la pantalla blanca del computador, aparece mi oración predilecta, y es así como de mi mente empieza a brotar un árbol que deja caer sus hojas sobre el papel.
Personalmente me ocurre que es como si comenzara a pintar. Las ideas complementarias van llenando mi boceto inicial, modificando tonos y colores, dibujando líneas que se unen unas con otras para formar un único trazo, metiendo uno que otro personaje inesperado dentro del cuadro, y así, poco a poco, la pintura va tomando forma. Al final, las palabras, como personajes inquietos, cobran vida sobre el papel, y me van pidiendo, al releer mi texto, que las cambie de lugar, que les quite de al lado incómodas comas o puntos o que les deje más espacio para respirar. Así, cuando ellas y yo nos sentimos más satisfechas, guardo mi escrito en un cajón o en un archivo, y espero el día siguiente para releerlo. Dado el caso me toca retomar el pincel, y con amorosa paciencia, imprimirle los últimos toques a las palabras antes de publicarlas, dándoles la libertad de que busquen albergue en las encajonadas mentes de todos aquellos que las lean.
@valentinacocci4  valentinacoccia.elespectador@gmail.com
fragmentosLibros

“María”, romance y tragedia 150 años después

Para alimentar la nostalgia de las lecturas adolescentes, les comparto los primeros capítulos de “María”  de Jorge Isaacs. 

I Era yo niño aún cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en el colegio del doctor Lorenzo María Lleras, establecido en Bogotá hacía pocos años, y famoso en toda la República por aquel tiempo. En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos: cuando salió, habían rodado por mi cuello algunas lágrimas suyas. Me dormí llorando y experimenté como un vago presentimiento de muchos pesares que debía sufrir después. Esos cabellos quitados a una cabeza infantil; aquella precaución del amor contra la muerte delante de tanta vida, hicieron que durante el sueño vagase mi alma por todos los sitios donde había pasado, sin comprenderlo, las horas más felices de mi existencia. A la mañana siguiente mi padre desató de mi cabeza, humedecida por tantas lágrimas, los brazos de mi madre. Mis hermanas al decirme sus adioses las enjugaron con besos. María esperó humildemente su turno, y balbuciendo su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor. Pocos momentos después seguía yo a mi padre, que ocultaba el rostro a mis miradas. Las pisadas de nuestros caballos en el sendero guijarroso ahogaban mis últimos sollozos. El rumor del Zabaletas, cuyas vegas quedaban a nuestra derecha, se aminoraba por instantes. Dábamos ya la vuelta a una de las colinas de la vereda, en las que solían divisarse desde la casa viajeros deseados; volví la vista hacia ella buscando uno de tantos seres queridos: María estaba bajo las enredaderas que adornaban las ventanas del aposento de mi madre. I
I Pasados seis años, los últimos días de un lujoso agosto me recibieron al regresar al nativo valle. Mi corazón rebosaba de amor patrio. Era ya la última jornada del viaje, y yo gozaba de la más perfumada mañana del verano. El cielo tenía un tinte azul pálido: hacia el oriente y sobre las crestas altísimas de las montañas, medio enlutadas aún, vagaban algunas nubecillas de oro, como las gasas del turbante de una bailarina esparcidas por un aliento amoroso. Hacia el sur flotaban las nieblas que durante la noche habían embozado los montes lejanos. Cruzaba planicies de verdes gramales, regadas por riachuelos cuyo paso me obstruían hermosas vacadas, que abandonaban sus sesteaderos para internarse en las lagunas o en sendas abovedadas por florecidos písamos e higuerones frondosos. Mis ojos se habían fijado con avidez en aquellos sitios medio ocultos al viajero por las copas de añosos guaduales; en aquellos cortijos donde había dejado gentes virtuosas y amigas. En tales momentos no habrían conmovido mi corazón las arias del piano de U… ¡Los perfumes que aspiraba eran tan gratos, comparados con el de los vestidos lujosos de ella, el canto de aquellas aves sin nombre tenía armonías tan dulces a mi corazón! Estaba mudo ante tanta belleza, cuyo recuerdo había creído conservar en la memoria porque algunas de mis estrofas, admiradas por mis condiscípulos, tenían de ella pálidas tintas. Cuando en un salón de baile, inundado de luz, lleno de melodías voluptuosas, de aromas mil mezclados, de susurros de tantos ropajes de mujeres seductoras, encontramos aquella con quien hemos soñado a los dieciocho años y una mirada fugitiva suya quema nuestra frente, y su voz hace enmudecer por un instante toda otra voz para nosotros, y sus flores dejan tras sí esencias desconocidas; entonces caemos en una postración celestial: nuestra voz es impotente, nuestros oídos no escuchan ya la suya, nuestras miradas no pueden seguirla. Pero cuando, refrescada la mente, vuelve ella a la memoria horas después, nuestros labios murmuran en cantares su alabanza, y es esa mujer, es su acento, es su mirada, es su leve paso sobre las alfombras, lo que remeda aquel canto, que el mundo creerá ideal. Así el cielo, los horizontes, las pampas y las cumbres del Cauca hacen enmudecer a quien los contempla. Las grandes bellezas de la creación no pueden a un tiempo ser vistas y cantadas: es necesario que vuelvan al alma, empalidecidas por la memoria infiel. Antes de ponerse el Sol, ya había yo visto blanquear sobre la sobre la falda de la montaña la casa de mis padres. Al acercarme a ella contaba con mirada ansiosa los grupos de sus sauces y naranjos, al través de los cuales vi cruzar poco después las luces que se repartían en las habitaciones. Respiraba al fin aquel olor nunca olvidado del huerto que me vio formar. Las herraduras de mi caballo chispearon sobre el empedrado del patio. Oí un grito indefinible; era la voz de mi madre: al estrecharme ella en los brazos y acercarme a su pecho, una sombra me cubrió los ojos: era el supremo placer que conmovía a una naturaleza virgen. Cuando traté de reconocer en las mujeres que veía, a las hermanas que dejé niñas, María estaba en pie junto a mí, y velaban sus ojos anchos párpados orlados de largas pestañas. Fue su rostro el que se cubrió del más notable rubor cuando al rodar mi brazo de sus hombros rozó con su talle; y sus ojos estaban humedecidos, aún al sonreír a mi primera expresión afectuosa, como los de un niño cuyo llanto ha acallado una caricia materna.

Libros

Un hombre llamado Ove

Ove es un personaje del que me fue difícil desprenderme después de cerrar el libro. Me dejó pensando en eso que llaman consciencia, que tiene que ver con que lo que piensas, lo que sientes y lo que haces, están alineados, simplemente porque sí, porque la duda no es una opción.
“ ….Ove creía firmemente en la moral, el trabajo duro y un mundo en el que lo que es, es de verdad. Y no para que le dieran a uno una medalla o un diploma o una palmada en la espalda, sino porque debía ser.”

Ove es un hombre que siempre sabe lo que tiene que hacer aunque lo que tiene que hacer le granjee enemistades y sus ideas fijas lo conviertan en el hazmerreir del barrio. Pero en el fondo de su inflexibilidad hay un corazón que rescata al gato congelado y lo convierte en su mejor amigo, y despierta la sensibilidad de Sonja, la mujer cuya risa es como una burbujeante botella de champaña:

“ ( Ove ) nunca se explicó por qué lo había elegido a él. A ella le gustaban sobre todo las cosas abstractas, como la música, los libros y las palabras raras. Ove era un hombre de cosas concretas. Le interesaban los destornilladores y los filtros de aceite. Él iba por la vida con las manos hundidas en el pantalón. Ella iba bailando”.

Y, finalmente, cuando todo parece haber terminado para Ove, aparece Parvaneh, su vecina embarazada, un personaje que descubre lo que este hombre singular no está dispuesto a reconocer: la grandeza de su alma.

Fredrick Backman, con su estilo directo y sencillo, escribe una novela que es un tejido de símiles que a un lector observador no le pasan desapercibidos: bien hechos, con un sentido del humor inteligente y perdurable en la memoria.

Interesante

La biblioteca que escapó del fuego

 

Por:   RAFAEL ARGULLOL

29 ENE 2011 ( El País)

El 12 de diciembre de 1933, dos barcos de vapor, el Hermia y el Jessica, remontaron el río Elba con un cargamento de 531 cajas. Abandonaban el puerto de Hamburgo con el propósito de dirigirse a los muelles del Támesis, en Londres. En las cajas, además de miles de fotografías y diapositivas, estaban depositados 60.000 libros. En principio, se trataba de un préstamo que debía prolongarse a lo largo de tres años. La realidad es que los libros ya no emprendieron el viaje de regreso a su lugar de origen, consumándose, así, el traslado definitivo, desde Alemania a Inglaterra, de la Biblioteca Warburg, una de las empresas culturales más fascinantes del siglo pasado y quizá la que resulta más enigmática desde un punto de vista bibliófilo.

En 1933 la Biblioteca Warburg, una empresa cultural fascinante, viajó de Alemania a Inglaterra

Es una colección organizada con criterios sutiles y heterodoxos
Como estamos mucho más habituados a las imágenes de libros en las hogueras, resulta difícil de imaginar el proceso contrario: la salvación de una gran biblioteca del acecho de las llamas. La de Alejandría fue incendiada varias veces, y tenemos abundantes noticias sobre quema de libros en cualquier época sometida al fanatismo, hasta el pasado más reciente. Por eso llama la atención lo ocurrido con la Biblioteca Warburg. Curiosamente, todo fue muy rápido, pese a que las negociaciones secretas entre los alemanes y británicos implicados en el plan de salvación de la biblioteca fueron largas y laboriosas. A principios de 1933, Hitler alcanzó el poder, y a finales de ese mismo año los volúmenes que Aby Warburg había reunido en el transcurso de cuatro décadas ya se encontraban en su nueva morada londinense. Los acontecimientos se precipitaron, sometidos al vértigo sin precedentes de un periodo que culminaría en el mayor desastre de la historia. Los continuadores de la obra de Aby Warburg -pues este había fallecido un lustro antes- pronto advierten que será imposible proseguir con su labor bajo la vigilancia nazi. En consecuencia, empiezan los contactos destinados al traslado. Primero se piensa en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, donde escasean los fondos para el futuro mantenimiento. Después, en Italia, el lugar más adecuado de acuerdo con el contenido de la biblioteca, pero el menos fiable tras el largo Gobierno de Mussolini. Finalmente, se impone la opción británica. Eric M. Warburg, hermano de Aby, escribió una crónica pormenorizada de las negociaciones que, como apéndice, se incluye en el recién publicado texto de Salvatore Settis Warburg Continuatus. Descripción de una biblioteca (Ediciones de la Central y Museo Reina Sofía). El relato nos introduce en una trama de alta intriga.

¿Por qué era tan singular la Biblioteca Warburg? Es difícil obtener una respuesta unívoca. De la lectura del libro de Salvatore Settis, así como de la del también reciente y muy recomendable ensayo de J. F. Yvars Imágenes cifradas (Elba), se desprende una suerte de paisaje de círculos concéntricos según el cual la misteriosa personalidad de Aby Warburg abrazaría la estructura de su biblioteca, del mismo modo en que los hilos de la telaraña no pueden comprenderse sin el instinto constructor del propio insecto. También las explicaciones, ya clásicas, de Fritz Saxl, Ernst Cassirer, Erwin Panofsky o E. H. Gombrich sobre el maestro de Hamburgo apuntan en la misma dirección. Lo que podríamos denominar el caso Warburg se refiere a un hombre que dedicó su vida a la formación de una biblioteca que, con el tiempo, sería muchos mundos al unísono: un edificio, construido en Hamburgo por el arquitecto Fritz Schumacher, que debía inspirarse en la elipse orbital de Kepler; un laberinto que atrapaba al visitante, según Cassirer; una colección organizada de acuerdo con criterios sutiles y completamente heterodoxos, todavía no enteramente dilucidados; un polo espiritual que magnetizaba a cuantos se acercaban y que daría lugar, primero en Alemania y luego -póstumamente respecto al fundador- en Reino Unido, a la más prestigiosa tradición contemporánea en el territorio de la Historia del Arte.

En el centro de la telaraña, el hombre, Aby Warburg, continúa siendo un misterio, alguien mucho más evocado que leído, a pesar de que últimamente crece la edición de sus escritos, incluido su crucial Atlas Mnemosyne (Editorial Akal), comparado, con razón, por Yvars con el Libro de los pasajes de Walter Benjamin. De Aby Warburg siempre se recuerdan dos circunstancias que acotan su trayectoria vital. De sus últimos años se saca a colación la enfermedad nerviosa que motivó su internamiento en un sanatorio y, en el otro extremo de su biografía, se alude al adolescente que, en un gesto bíblico, renunció a su primogenitura en el seno de una familia de la gran burguesía hamburguesa a condición de que, en el futuro, siempre dispusiera de los fondos necesarios para adquirir cuantos libros quisiera. A los 13 años, la edad en que se produjo esa renuncia, Aby parecía haber adivinado ya sus dos pasiones futuras: coleccionar libros y organizar de manera revolucionaria su colección. El resultado fue, sobre todo después de la construcción del edificio que obedecía a sus innovadores criterios, una biblioteca radicalmente distinta a las demás.

Las estanterías de la Biblioteca Warburg reunían volúmenes que guardaban entre sí “afinidades electivas”, lo cual suponía extraños alineamientos de arte, medicina, filosofía, astrología o ciencias naturales alrededor de unas imágenes simbólicas que, aisladas en cada especialidad, perdían su fuerza genealógica. Así, por ejemplo, y para horror de los historiadores ortodoxos, en los paneles del Atlas Mnemosyne Warburg juntaba motivos alegóricos, fragmentos de cuadros, emblemas esotéricos, fórmulas matemáticas o grabados sobre la circulación sanguínea en un solo plano de múltiples relaciones. Gracias a esas “afinidades electivas”, el historiador podía excavar el pasado a través de múltiples túneles que se iban entrecruzando en el subsuelo de la memoria (Mnemosyne era el frontispicio que presidía la Biblioteca Warburg). Esta idea, susceptible de ser aplicada a toda la historia de la cultura, era particularmente importante al tratar de identificar las fuentes antiguas del arte renacentista, como demostró el mismo Aby Warburg con sus extraordinarias radiografías de El nacimiento de Venus y La Primavera de Botticelli. Sus discípulos experimentaron pronto que su biblioteca, lejos de ser un archivo inerte, era un organismo vivo que trasladaba a la imaginación por las diversas islas del conocimiento.

Lo que los dos barcos de vapor transportaban aquella gélida mañana de diciembre de 1933 no eran solo miles de libros cuidadosamente escogidos a lo largo de décadas, sino la semilla de una sabiduría singular que daría frutos magníficos. Parece que la decisión del municipio de Hamburgo de prestar por tres años la Biblioteca Warburg irritó sobremanera a la Cancillería del Reich en Berlín. Empezaban las hogueras por todas partes y, desde luego, era escandaloso que se hubieran escapado sigilosamente 60.000 posibles víctimas.

Rafael Argullol es escritor.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de enero de 2011 de El país

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Finalmente Dylan va por su Nobel

Estocolmo 29 MAR 2017 – 07:49 COT

(tomado de : cultura.elpais.com)
Bob Dylan recibirá el Nobel en Estocolmo este fin de semana.
Bob Dylan recibirá el premio Nobel de Literatura este fin de semana en Estocolmo en un encuentro que mantendrá con la Academia sueca, ha informado este miércoles la secretaria permanente de la institución, Sara Danius. “La buena noticia es que la Academia y Dylan han decidido reunirse este fin de semana. La Academia le dará entonces a Dylan el diploma y la medalla del Nobel, y le felicitará por el premio”, ha escrito Danius en su blog. La secretaria ha precisado que el cantautor no pronunciará la conferencia de recepción obligada al recibir el galardón, aunque la Academia tiene “razones para creer” que enviará una versión grabada más adelante, algo que deberá hacer antes del 10 de junio para poder cobrar los 839.000 euros del premio.

“El encuentro será pequeño e íntimo, y no habrá medios de comunicación presentes; únicamente asistirán Dylan y los miembros de la Academia, de acuerdo con los deseos del cantautor”, continúa el comunicado de Danius. “Por favor, tengan en cuenta que no habrá lección del Nobel [como se conoce al tradicional discurso de recepción]. La Academia tiene razones para pensar que se enviará una versión grabada ulteriormente”, ha puntualizado.

Según las normas de los Nobel, el galardonado debe pronunciar una conferencia en los seis meses siguientes a la ceremonia de entrega de los premios para hacerse acreedor de este. La concesión del galardón se dio a conocer a principios de octubre, tras lo cual Dylan mantuvo un absoluto mutismo durante más de una semana, para luego comunicar a la Fundación Nobel que lo aceptaba, aunque explicó que tenía compromisos que le impedían ir a recogerlo. No asistió a la ceremonia de entrega, aunque sí envió un discurso que leyó su compatriota Patti Smith, quien además cantó uno de sus temas.

El cantautor, de 75 años, ofrecerá dos conciertos en Estocolmo el 1 y el 2 de abril. La secretaria permanente de la Academia sueca no ha indicado si el encuentro con Dylan se producirá antes o después de los conciertos.

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La fascinante imprenta que elabora libros igual que en 1960

“Lo más importante no son las máquinas sino los oficios”

La imprenta patriótica

casa-marroquin

En un taller del Instituto Caro y Cuervo se siguen fabricando textos con máquinas que tienen más de medio siglo. Es un lugar que conserva oficios en vía de extinción.En Chía hay un lugar detenido en el tiempo. Es la hacienda del expresidente y filólogo José Manuel Marroquín (1827 – 1908). A la entrada está el camino de los poetas con monumentos de escritores colombianos como José Asunción Silva. La restauración de la casa Marroquín, Monumento Nacional que pronto será un museo, ha avanzado. Y las flores del jardín ya han dado sus primeros retoños. Hay tanto silencio en el lugar, que no se escuchan voces sino susurros.

En este campo rodeado de árboles y pastos está la biblioteca José Manuel Rivas Sacconi que esconde joyas literarias como los diarios y libros de Soledad Acosta de Samper. Custodia Ríos es la bibliotecaria hace más de 30 años. Nadie como ella conoce las reliquias de este templo de la literatura. Allí también está el laboratorio de lenguas, las oficinas y residencias de los investigadores.

En la hacienda también está ubicada la Imprenta Patriótica, el lugar donde se siguen elaborando libros tal como se hacía hace más de medio siglo. Sus trabajadores dicen orgullosos en las visitas guiadas que es lo más cercano que tenemos los colombianos a la imprenta de Johannes Gutenberg, el inventor de este tipo de máquinas con tipos móviles en Alemania.

En el lugar hay aparatos traídos de Estados Unidos y Alemania que necesitan de las manos meticulosas de operarios. Llegaron al país en 1960, el mismo año en el que fundó este sello editorial en honor a Antonio Nariño, quien tenía también una imprenta en la que se tradujeron los derechos del hombre y del ciudadano.

Se puede ver en vivo parte de la historia de la impresión tipográfica y litográfica. Es un lugar que guarda algunos oficios en vía de extinción. Armando Rodríguez y Jaime Antonio Álvarez son linotipistas; Jorge Eliecer González, armador; la impresión tipográfica es liderada por Giovanny Valbuena y Jorge Mora. Y en la encuadernación están tres grandes amigas Helena Rubiano, Luz Marina Salazar, Mariela Beltrán y Pilar Osorio. Todas las personas que trabajan en estos oficios llevan al menos 20 años en este lugar.

Armando explica que el proceso comienza con la idea de alguien que desea escribir un libro. Una vez es amparada por la editorial, ellos empiezan su trabajo.

El primer paso es digitar el manuscrito en la linotipia, una máquina inventada por Ottmar Mergenthaler en 1886, que funde el plomo para formar una línea completa de texto. Luego, estas líneas pasan al armador, quien compone las páginas de plomo y se establece junto al diseñador la estructura gráfica del libro: espacio, columnas, sangría, entre otros.

En esta etapa las primeras páginas son revisadas por el corrector de estilo y los editores para ver que todo esté en orden. Si hay algún error se deberá hacer esa línea y volver a componer la página.

La siguiente fase es la impresión tipográfica en la máquina planocilíndrica y un cilindro de acero que hace presión por sectores. En este paso se imprimen los cuadernillos. El contacto del papel y el metal hace que las páginas sean de una alta calidad.

Luego, se ordena el libro y se dobla para formar cuadernillos que serán cosidos con hilo de lino. Como algunas páginas están dobladas y no podrían abrirse el cuadernillo, pasa por la refiladora, la máquina en la que se cortan los bordes. Finalmente, se elabora el montaje de la portada que puede ser rústico, cuando la portada es de cartulina; o fina, cuando se trata de libros con portadas duras y cubiertas de cuero, percalina o tela.

Cesar Buitrago, director de la Imprenta Patriótica desde 2013, dijo a Semana.com que han querido mantener esta forma de hacer libros “porque son las raíces de otros procesos tecnológicos (…) Lo más importante no son las máquinas sino los oficios. Esta forma de hacer libros se debe rescatar porque son patrimonio de la humanidad. Creo que es importante mantenerlo por amor al arte, al arte gráfico”, Agregó Buitrago.

La directora del Instituto Caro y Cuervo, Carmen Millán de Benavides, explicó que la Imprenta Patriótica preserva el oficio de tipografía y que permite crear libros que ahora son un lujo y considerados una obra de arte: “Un libro de estos es único, tiene personalidad; pasa por la mano de grabadores, impresores, hasta recibe masajes… Los nudos, las costuras y los grabados tienen detalles muy bellos”.

Ir al Instituto Caro y Cuervo en Chía permite conocer toda la cadena del libro. Es el lugar donde surgen las ideas, donde se plasman en un libro, donde se distribuyen, y donde son archivados en una biblioteca. Allí el libro es casi una extensión del ser humano.

*Las personas que deseen visitar la Imprenta Patriótica pueden hacerlo a través de una cita. Más información en este enlace: caroycuervo.gov.co